• Saray Gomez y Laura Gomez (miembras de la revista El Marginal)

El mundo nos pertenece: Un 8M por y para mujeres

Siempre llego muy sensible del 8M.


La primera vez que fui a uno tenía 17 años, acababa de salir del colegio y estaba decidida a estudiar sociología para dedicarme a los estudios de género. Fue el 8 de marzo de 2019, la primera vez que tal cantidad de mujeres paralizaban (al menos por un rato) Bogotá; cuando todo acabó llegué llorando a mi casa y no pude calmarme hasta que me dormí abrazada a mi prima, que en ese entonces vivía conmigo.


El segundo fue el año pasado. Salí con mis amigas, de la mano, pocos días después de que una de ellas me hubiera contado llorando en un Transmilenio sobre una violación que había sufrido años antes. Salí con rabia, con dolor, porque cada vez el círculo del dolor se hacía más y más pequeño.


El último fue este año. Hoy.


Después de un año en el que el círculo del dolor ya no se hizo más pequeño, sino que era yo. Era yo la que habían acosado, era yo la que habían abusado, era yo la que lloraba no sólo por ellas, sino por mí. Pero hoy no llegué llorando. Hoy llegué llena de amor por todas las mujeres, por mis amigas, por mí, porque ellas son yo y yo soy todas ellas.


Somos.


El Día Internacional de la Mujer Trabajadora es un espacio de encuentro entre mujeres que, desde sus propios procesos, acudimos al encuentro para llevar a las calles y encarnar en una sola voz las luchas que cargamos sobre nuestros cuerpos. Reclamamos la colectividad de la que hemos sido despojadas por el sistema patriarcal, apelando a la posibilidad de construir en función de nuestra propia vida, de la de nuestras compañeras y la de las que nos antecedieron.


Foto: Ashley Villegas


El encuentro de la Insurrección Feminista era frente al planetario a las 2pm. Yo, con un dolor en el útero que hacía algunos días me había dejado tirada en la cama, llegué con mis amigas, muy puntual.


Lo primero fue la desesperanza: había apenas unas diez mujeres, contándonos a nosotras, que éramos tres. Nos fuimos un rato a almorzar y para que yo pudiera sentarme, porque el dolor me estaba ganando; pero para cuando volvimos, de repente había unas cien o ciento cincuenta mujeres, niñas, madres y abuelas juntas, pintándose, maquillándose, encapuchándose unas a otras, cantando, tejiendo o vendiendo sus artesanías, y fue entonces cuando me sentí segura, tranquila, con un sentimiento cálido llenándome de a pocos el corazón.


Sabernos hermanas, compañeras y amigas no sólo, como decía Margarita Pisano, con un pie en el corazón sino en el ámbito político del pensar (juntas) nos ha salvado y nos ha hecho fuertes. Cada encuentro es un encuentro cercano y nuestro, es mirarnos a los ojos y reconocernos cómplices para agarrar fuerza conjunta y expulsar sin miedo -como nuestros cuerpos expulsan los óvulos cada mes y las hijas e hijos al parir- los elementos de la sociedad que nos mantienen en sumisión y que nos condicionan a la opresión del sistema.


A las 4 de la tarde se leyó el manifiesto entre casi todas las mujeres del lugar, en voz alta, pausada pero fuerte, en círculo, algunas abrazadas, otras sonriendo con cada palabra, algunas otras escuchando nada más, con atención, casi con la misma curiosidad con la que las niñas nos veían a todas las mujeres de ahí: encapuchadas, con maquillajes verdes y morados, con flores en el pelo o totalmente de negro, con boinas o con el cuerpo pintado por otras compañeras del lugar.


Cada vez iban llegando más y más mujeres. A las 5 ya éramos un contingente sólido, casi tan sólido como las que estaban reunidas en el Parque Nacional. A esa hora nos tomamos la calle -es decir, nos bajamos del andén- y comenzamos a marchar mujeres y mujercitas, de todos los tamaños, edades y colores, con adornos en el cuerpo o sin ellos. Andamos por toda la carrera séptima cantando que el patriarcado se iba a caer, que el feminismo caminaba por América Latina, entre otras tantas arengas, pero al pasar por un lugar en específico, llegó la rabia.


Este 8M, como mujeres organizadas, nos declaramos en guerra contra las instituciones que mantienen nuestra opresión histórica: la Iglesia, la familia, el Estado, la fuerza pública y el género pasaron por el fuego tal y como el año viejo lo hace al empezar un nuevo año, porque en nuestro horizonte y en nuestra utopía estas no están presentes, porque las dejamos atrás con el sistema patriarcal.


Foto: Loren Sofía Buitrago


La digna rabia, el dolor, el saberse todas y una misma a la vez. Al ver el cine porno de la ciudad y aún sin haberlos visto, recordamos cada cuerpo, cada mujer penetrada, grabada, abusada y reducida a objeto por los ojos de tantos, e hicimos acción directa con pintas, fuego, y golpes; otras gritaron y pintaron que el porno era igual a la violación.


Seguimos caminando y cantando arengas, algunas de la mano de sus amigas por si en cualquier momento estallaba la situación y había que salir corriendo de la policía, como sucedió más tarde, cuando llegamos a la iglesia


Foto: cosas que no tienen estética


“Saquen sus rosarios de nuestros ovarios”, gritaban algunas. Otras gritaban por los niños y niñas violadas por sacerdotes, por las brujas quemadas, por la deuda histórica de la iglesia con las mujeres; ahí llegó de nuevo la rabia, llegó de nuevo el fuego, pero también llegó de nuevo el amor. El amor sororo, el amor combativo de las mujeres que se abrazaban, que se tomaban de las manos, que llamaban a sus amigas entre la multitud. El sororo rugir del amor, como cantó Vivir Quintana alguna vez. El sororo rugir que nos hizo gritar y cantar por las muertas, por las vivas, por las desaparecidas, por las golpeadas, por las niñas, por las ancianas y por las madres; el sororo rugir de la acción directa, de las mujeres en la calle, de las mujeres en la academia, en la música, en las ciencias.


Foto: Loren Sofía Buitrago


Después corrimos.


Varias compañeras habían empezado a alertar minutos antes sobre que podían estar llamando a la policía, y aunque muchas no creyeron, de repente sonó el estallido tan característico de la llegada del ESMAD. “Bum”. Seco, fortísimo, cada vez más cercano. “Bum”. Empezaron a gritar por Sofía, por Camila, por Laura, por Valentina, por Natalia. Se tomaron de las manos las que pudieron para no perderse, y corrieron todo lo que les dieron las piernas hasta alejarse lo más posible del sonido, del “bum”, de los uniformes negros, del gas que no deja ver ni respirar.

Algunas entraron a un OXXO, otras siguieron corriendo hacia arriba.


Comenzaron a llegar los mensajes de whatsapp. “Se puteó esto”, “¿estás bien?”, “´ ¿dónde estás?”, “quítate la capucha”, “guarda todo, que no te reconozcan”.


Dieron las 7pm cuando por fin pudimos dejar de correr, cuando los estallidos sonaron cada vez más lejos y menos frecuentemente, fuimos hacia La Pola, y ahí llegamos algunas pocas mujeres a terminar la jornada, a prender velas, tomar agua, a reunirnos con las que se nos habían perdido durante el caos.


Compartimos una herida histórica de la cual se alimenta nuestra rabia, nos declaramos “incomodidad, germen violento, tierra fértil y creadora, amenaza violenta y grito visceral” (Manifiesto Feminista Radical, 2021). Digna rabia que rompe, raya y quema, pero que también abraza, acompaña y cuida de las compañeras. Somos la llama por la que transmuta un futuro feminista, con mujeres emancipadas del yugo patriarcal, que aman y viven libremente. Como a Dworkin, solo nos queda la esperanza de nunca más tener que volvernos a enunciar feministas, porque eso significará que habremos triunfado.

Foto: Saray Gómez


Siempre nos queda eso: el amor sororo y la luz, la compañera que da la mano y huye con una (literal y metafóricamente) del agresor, de la policía, del patriarcado.

Nosotras somos todas y nosotras mismas.

Yo soy todas y yo misma.

Ellas son yo y ellas mismas.


Eso somos. Mujeres, hembras humanas.


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