• Jean Beats y Simón Uprimny

El final de Sardanápalo

He aquí distintas manifestaciones del arte que pueden convertirse en una sola experiencia. La música, la pintura y la escritura se juntan para invitarlo a usted, lector y lectora, que viva con nosotros la experiencia de sumergirse en la lectura de este sugerente texto, referente de esta hermosa obra y disfrutando de intensos sonidos; todo al mismo tiempo.


Esta experiencia de unirlas tómela como nuestro consejo. Contemple, lea, escuche y recuerde que no existe orden para admirar la belleza.


Eugène Delacroix (1798-1863), La muerte de Sardanápalo (1827)



Cuenta la leyenda que Sardanápalo habría sido el último rey de Asiria. Mucho es lo que se ha dicho de sus excentricidades. A Sardanápalo le encantaba la fiesta, el desorden, el sexo, el alcohol. Dicen que le gustaba vestirse de mujer y que tenía cientos de concubinas, tanto mujeres como hombres. Para el placer, no discriminaba. Era un hedonista antes de que existiera el término; un hombre entregado a los excesos, un auténtico débauché. Entre otras extravagancias, vale la pena recordar que mandó a escribir su propio epitafio: palabras más palabras menos, quedo ahí grabado que la gratificación física es el único propósito verdadero de la vida.


Dedicado a los deliciosos placeres de la existencia, el rey descuidó su ejército. De ahí que la leyenda narre que un día el castillo de Sardanápalo fuera asediado de tal modo que no había recurso alguno para que pudiera defenderse. La batalla estaba perdida y en cualquier momento el enemigo entraría a sus aposentos. Entonces, tendido en su cama, más holgazán y arrogante que nunca, Sardanápalo decidió que de ninguna manera se entregaría al ejército rival, algo que sería infinitamente indigno para un rey. Decidió que moriría como había vivido siempre. Ordenó a los eunucos que jamás lo abandonaban que organizaran una orgía de destrucción y quemaran su palacio para que las llamas del fuego consumieran todo el lujo y toda la belleza, todas sus mujeres y todas sus joyas, todo el oro y todas las más preciadas posesiones que lo habían acompañado durante su existencia. No le dejaría a su enemigo el placer de arrebatárselas. Si él no podía disfrutar más de su belleza, nadie lo haría en su lugar.





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