Jueves

May 21, 2020

 

No se despertó como lo tenía planeado. Quería levantarse con el sonido de la lluvia. Había dejado sus persianas abiertas para facilitar que fuese aquel choque devastador de las gotas en la acera, ese eco infinito del llanto de los cielos, lo primero que oyera al despertar.  Pero no fue así; entre la claridad de los vidrios, reflejos de un cielo aún más claro, se coló un ejército de rayos estelares, con un calor tan pacífico que se levantó sin saberlo con una sonrisa de felicidad verdadera. La confusión momentánea del recién levantado le permitió mantenerla por unos segundos, los suficientes para darse cuenta de que algo andaba mal.
 

Las noticias del día anterior habían sido muy claras: no solo iba a llover como todos los días anteriores de ese invierno frío y arrullador, sino que iba a diluviar de una forma tan poética que no se descartaba incluso que alguno de los rayos traicioneros que debían caer despertasen a algún poeta muerto para que pudiera admirar esa escena bíblica de antaño. Y, sin embargo, cuando se acercó a su ventana, vio un sol solitario alumbrando las montañas. Peor aún, no notó una sola nube, ni una sola; ni siquiera un amago de nube, o un polvo volador, nada. Era un día precioso, con un azul pintado en la inmensidad como pocas veces lo había visto.  Evidentemente, al ver ese paisaje de otros tiempos, se le dañó el día. 

 

La única explicación lógica para tal acontecimiento meteorológico era que algo malo fuese a pasar. No había ninguna otra hipótesis plausible, nunca había visto un día así en invierno, ni recordaba haberle oído hablar a sus padres o a sus abuelos de algo siquiera similar. Lo más cercano que había escuchado era el cuento de un primo segundo, que relataba que en un invierno de siglos pasados, cuando aún se creía que en ese pedazo de tierra en el que vivía se podía llegar a ser un país, había llovido agua salada de una tormenta que venía de la mar.

 

No podía creer su suerte, justo esa noche tenía por fin una cena romántica con quien esperaba se convirtiese en su esposa en alguna primavera cercana, y temía que un día tan lindo se lo fuese a arruinar.  Desayunó preocupado, dio uno que otro mordisco, pero a cada crujido de dientes se le iba el apetito al ver por la ventana esos rayos soleados de un día que no debía ser. Le dio tanta rabia que botó sus panes en la caneca y se entró a bañar, rogándole a los dioses que su grifo inspirara a los cielos a hacer lo mismo. 

 

Pero no fue así. Al salir, notó, ya no con rabia sino con preocupación, que, de alguna manera, el día estaba incluso más lindo que antes. Ahí se convenció de que lo mejor sería evitar salir hasta que ocurriera la tragedia escrita con tinta invisible en los cielos, pero, para asegurarse de su intuición, decidió esperar un rato y llamar a su hermano. No había siquiera terminado ese pensamiento furtivo, cuando sonó el teléfono: era él.

 

En efecto, le dijo lo mismo: un día así de lindo, no solo en invierno, sino en cualquier época, solo podía significar que la desgracia ya caminaba entre los cielos de los mortales.  Pero, además, le hizo notar algo particular: era jueves. Y sí, era jueves; ya su mamá les había dicho toda la vida que los jueves eran días engañosos en los cuales siempre había que estar atentos. Definitivamente, le dijo su hermano, estaban en la mierda, porque no había forma de referirse de otra manera a que un jueves fuese tan espléndido.  Su hermano le pidió que se cuidara y que se mantuviese sereno, a lo mejor por la tarde saldría una nube bien grande y bien gris retrasada por los vientos, que les devolviera la tranquilidad.

 

Se acostó en su cama a leer, pero la ansiedad no lo dejaba; y era entendible: ¿quién, en un día así de bello, podía estar tranquilo? Para relajarse, llamó a uno de sus amigos, el más fresco de todos, al que esperaba que ni un día así de majestuoso pudiera asustar.  Pero su llamada de salvavidas le salió al revés, se encontró con una voz en pánico que le comentaba lo que ya sabía, que ese día era muy bello como para ser verdad. Su amigo, ni bien levantado, había entendido la gravedad de la situación y había cancelado no solo sus compromisos diurnos, sino también los nocturnos. La llamada finalizó con una escalofriante noticia: las calles estaban vacías. 

 

Él, como buen egoísta, había estado tan metido en sus temores que no había pensado en que los demás estarían en las mismas. Encendió la televisión y se encontró con los ecos de lo que se vivía, la ciudad entera estaba atrincherada, ya fuese en sus casas o en sus oficinas y carros, ya que muchos habían salido a trabajar cuando la noche aún reinaba en los surcos, y no se toparon con tanta belleza sino hasta ya muy entrada la rutina. Habiendo gambeteado la muerte, muchos se habían puesto a tomar y a hacer la fiesta desde sus rascacielos de opresión, no solo agradeciendo a los poderes invisibles que tanta tragedia asociada a un día así no les hubiera caído a ellos, pero también aprovechando para pasar el día sin complejos, porque era claro que no se podían arriesgar a tentar la suerte dos veces en el mismo día. 

 

Lo mismo pasó con los conductores de los buses y los carros, que apenas vieron que sus amadas nubes invernales estaban ausentes y que se encontraban en el ojo de un huracán de divinidad, se pararon y se pusieron a rezar, así fuesen ateos. Bendita la corrupción y la mediocridad que les había evitado tener metros subterráneos por tantas décadas. Nada hubiera podido ser peor que andar a oscuras, sin saber que encima de ellos había un día tan nefastamente hermoso.

 

La cosa se puso tan brava que, a eso del mediodía, cuando la luz les hacía pensar que estaban en la costa, saltó una alocución presidencial de emergencia. Bien protegido entre el mármol de su palacio, vestido como un rey al que solo le faltaba corona, le pedía a la gente que no entrara en pánico; que era cierto, que el día estaba muy bonito y todo, pero juraba que en los anales de la nación se había escrito sobre un día así en la época colonial… Pero, quizás por un ataque inusual de principios y preocupación conciudadana no incluida en el cargo, le pidió a su pueblo que tuviera cuidado en caso de salir. 

 

Él no se preocupó mucho, ya que sabía que, si no le habían hecho caso ni a ese, ni a cualquiera en no sé cuántos siglos, no iban a comenzar a hacerlo en un día tan bonito. Además, tenía problemas mayores: no le quedaba mercado. Hubiese podido ir el día anterior, pero la lluvia había estado tan linda que se había ido a pasear y luego fue a cine. Se imaginó a su madre revolcándose desde el otro mundo, recordándole que uno nunca podía dejar nada importante para un jueves. Pero se aguantó el remordimiento pagano porque el hambre le pesaba más; no había de otra: le tocó aguantarse que solo un loco podría salir en esas circunstancias, y sabía que, por más miseria que hubiese en su bella ciudad, ningún repartidor saldría a las calles en un día así tan soleado.

 

Se revolcó toda la tarde como más de uno que, por recursos o ineptitud, andaban sin comida y esperó esa hora bendecida por la vida que debía ser el ocaso, ese sol altanero que en ningún momento había dejado de presumirse en el horizonte. Pocas veces en su vida había de presenciar un atardecer tan celestial. Esos minutos que duraron horas parecían ser la lírica oculta del universo, cuyos secretos  se les revelaban por fin a los científicos, que, sin embargo, se lo perdieron por andar calculando los vientos para salir antes que ninguno a anunciar qué podía haber explicado un día así de bello y, aún más importante, si se podría repetir, ya que ni los curas ni los meteorólogos del Estado podían decir si ese mar de hermosura era tragedia de un día o de varios. 

 

Y es que la cosa no pintaba bien: la muerte de la estrella no había generado el efecto esperado. Si ese día había sido el más bello desde la creación, esa noche no tenía nada que envidiarle, era tan negra como los pronósticos económicos de un país paralizado. Pero, a diferencia de esa eterna mañana de belleza que le había evitado al pueblo disfrutar de los parques, de las calles y de gastarse plata que no tenían en comercios del Estado, los cielos ya no estaban solos. Estaban repletos de tantas estrellas y constelaciones que para muchos ahí sí no quedó duda alguna de que, si esa noche no se acababa el mundo, debía ser la primera del apocalipsis eterno.

 

Era una noche tan linda, que maldijo a esos cielos pasados, grises y apáticos, que lo habían malacostumbrado a ser feliz, porque entendió que su cita no solo quedaba cancelada para esa noche, sino para siempre, pero no porque creyera que el mundo se fuese a acabar como todos esos creyentes que por fin salieron a las calles para abalanzarse a las iglesias y pedir perdón por haber sido como fueron, o como todos esos desdichados que entendieron que ya poco les quedaba por perder y salieron a hacer la parranda del siglo a las calles, entre los saqueos de aquellos que no querían morirse sin haber tenido algo. Él daba por hecho que su amada no podría enamorarse de alguien con quien asociaría para siempre un día tan bonito. Y así fue, le llegó un mensaje frío y distante, a la hora en la que deberían estar cenando en alguna zona colorida de moda, en el que le decía que él no era la persona con la que quería vivir la siguiente hecatombe, que le deseaba suerte y que por favor no le volviese a escribir, por más aguado y brumoso que fuese el día.

 

Entre el hambre y el corazón roto, pero sobre todo al ver esa noche tan magnífica y tan mágica, se puso a llorar como si no hubiese mañana, porque para ese momento también él daba por hecho que los días a venir no solo iban a ser iguales, si no que iban a ser incluso más lindos. Se quedó tan vació de toda vida que, a pesar del dolor de los retorcijones, y del ruido de la fiesta y la revolución, se durmió por fin en ese jueves tan espléndido que debía vivir en infamia en los libros de estudios sociales.  Durmió mal y con pesadillas, sólo para despertarse a las cinco de la mañana, lleno de miedo y de angustias y sin valor para abrir las cortinas a comprobar lo que ya sabía que lo esperaba: un sol más grande que la vida, más brillante que la historia escrita y por escribir.

 

¡Ah! pero tal como con todo lo relacionado a su gente y a su pueblo, condenados a la equivocación perpetua, abrió esas telas importadas para encontrarse con una lluvia majestuosa en medio de un cielo gris repleto de rayos y centellas que solo podrían ser comparados a la felicidad colectiva y desmesurada de ganar un Mundial.

 

 

 

 

 

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