El agente Smith de la cuarentena

 

 

Ya me acabé Élite, La Casa de Papel, Rick and Morty, El Hoyo y la última temporada de Bojack Horseman. También vi los capítulos de Drake & Josh que me compartieron en Facebook, los partidos de la FIFA de mundiales pasados y hasta encontré la forma perfecta de capar las clases vía Zoom de universidad. Ya estoy harto de ponerle las clases de zumba en el computador a mi mamá y que hasta mis tías compartan memes sobre sus horarios domésticos: 8 am me levanto, 10 am sala, 2 pm almuerzo, 4 pm fin del día.

 

No solo no tengo nada más que hacer, ¡sino que tampoco quiero hacer nada! Mi sueño por no tener ninguna responsabilidad ni necesidad por salir de la cama no resultó tan interesante como pensé. Me encuentro en un limbo entre escribir todo lo que pienso o aprovechar este tiempo y ser un vago.

 

Que tanto tiempo “extra” se convirtiera en un conflicto, me recordó que mis primeras clases de filosofía sobre Aristóteles concluían que la filosofía era propia de la gente rica, quienes al no preocuparse por conseguir comida, podían dedicarse a pensar. Fue entonces cuando caí en cuenta de que la filosofía, que se ha visto como esa disciplina compleja, complicada, inútil y que sólo fue importante en la Grecia antigua, podría darle una importancia especial a esta cuarentena. Comprendí que reflexionar analíticamente este confinamiento le daría un toque de entretenimiento problemático a la situación en la que estoy. Por eso, compartiré algunas de las tantas reflexiones filosóficas, políticas, económicas y sociológicas que han rondado por mi cabeza durante todo este encierro y que, sin dudas, serán una distracción más para todos.

 

En esta ocasión quiero relacionar jocosamente el tiempo de manifestaciones que vivimos en Colombia desde noviembre del 2019 con la actual cuarentena. La crítica al Gobierno, la corrupción y al ESMAD se convirtieron en aplausos a los mismos debido a los bailes recreacionales que la policía inspiró hace algunos días en los barrios (más gomelos). De los cacerolazos en las calles, a los movimientos amorfos desde la ventana de sus casas.

 

El inicio del aislamiento suscitó una suerte de cultura de la denuncia en la que cada uno se volvió un policía más al querer delatar a quienes no acataban la medida. ¡Quédate en tu puta casa! Recorría por las redes sociales. Quizá nadie acusó a nadie, pero sí había un deseo reprimido por limitar el uso público de la ciudad a los demás. Este ánimo rayó casi que en el señalamiento de ignorante a quien no adoptaba la medida. En tiempo récord, la mayoría de la gente olvidó el papel represivo de la policía. Esto me recordó la película Matrix. Los agentes que perseguían a la resistencia estaban omnipresentes porque cada persona era un agente potencial. Una vez más el arte inspiró la realidad y, en cuarentena, la mayoría se volvió un agente Smith de la denuncia.

 

Ese afán de denuncia, que si bien surgía de la urgencia sanitaria, comenzó a construir un rechazo y distanciamiento hacia el otro. Una vez más se reafirma al otro como el peligro. En la época en donde más se proclama la solidaridad y hermandad, es curiosamente cuando más se teme al otro.

 

Lo que ésta situación señala es que somos nuestro contexto. Ortega y Gasset decía: “yo soy yo y mis circunstancias. Si no las salvo a ellas, no me salvo a mí”. Cuando socialmente se estaba propinando una justa crítica al mal funcionamiento del Estado, todos cantábamos al unísono las arengas más populares en su contra, pero hoy, todos descoordinadamente seguimos los pasos de un policía animador desde la ventana de un quinto piso. La pandemia le ha servido a las instituciones desprestigiadas para volver a sembrar credibilidad en la sociedad civil que, meses atrás, se estaban revelando en su contra. ¡Cómo cambian de fácil las circunstancias en el país sin memoria!

 

Personalmente participé de algunas movilizaciones durante el año pasado. Fui y soy un detractor de las políticas del gobierno actual y de los procederes inhumanos de la policía sobre la ciudadanía. Con todo y esto, no fui ajeno al deseo de coacción contra quienes violaban las medidas de aislamiento. Sin quererlo, me convertí en un agente Smith más. Y fue sólo después de un tiempo que caí en cuenta de la profundidad y repercusión de tal deseo.

 

Este mismo impulso puede traducirse en la justificación de una restricción a nuestra libertad. El deseo por ser un agente Smith momentáneo excusa, por ejemplo, a que aceptemos que el Estado tenga libre acceso a nuestra información. Paradero, proyectos, tiempos y espacios. Obviamente enmascarado bajo el fin de protegernos, de la tan gastada “seguridad”, o de forma más actualizada, para rastrear el comportamiento epidemiológico del virus. Muy seguramente en la paranoia que rodea nuestras cabezas, producto de la alta incertidumbre sobre el tiempo próximo, optemos por ceder un poco de nuestra libertad con el único fin de adquirir un poco más de calma (y el pajazo mental de creer que se está contribuyendo a la problemática como expiación de la culpa).

 

Los tiempos extraños llenos de indecisión e inseguridad son los más propensos para construir imaginarios falsos sobre los demás y para legitimar conductas coercitivas desde el dispositivo de poder que nos gobierna. Por eso, es de vital importancia percatarnos cuando estemos reforzando tanto estereotipos falsos, como justificando acciones institucionales en contra de nuestros derechos íntimos y nuestra privacidad. Que la recesión económica postcoronavirus sea lo más llevadera posible depende únicamente de nuestro comportamiento durante el aislamiento y de la resistencia tanto civil como personal que expresemos ante la alta posibilidad de un giro totalitarista.

 

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