Reflexiones sobre la crisis en Austria

May 14, 2020

 

Marzo del 2020: el mundo se encuentra frente a una pandemia, un virus que nos afecta, si bien no siempre con la misma gravedad, a todos y todas. Debido a su posición geográfica, la cercanía con Italia, y las vacaciones de invierno que mucha gente de toda Europa aprovecha para esquiar en los Alpes, el virus llegó relativamente rápido y Austria se volvió uno de los epicentros europeos de esta nueva enfermedad.

 

Como en (casi) todos los países afectados, el gobierno austríaco ha estado tomando medidas, tratando de embridar la epidemia. Cerraron las universidades, las escuelas y la gente se ve obligada a trabajar desde la casa. Aparte de los supermercados y unas farmacias no queda nada abierto, las calles están vacías. El contacto físico se ha reducido a un mínimo y mucha gente está completamente sola o, al revés, encerrada con la familia sin ningún tipo de privacidad. El no saber cómo se va a desarrollar la situación da angustia, y sin embargo es un gran desafío para la sociedad.

 

Yo personalmente tengo la suerte de sentirme muy segura en mi entorno, y eso, entre otras cosas, se lo debo al Estado que me protege. El Estado austríaco, la República de Austria, me protege y me reconoce. A mí y también a mis padres. Siempre lo di por sentado, pero últimamente me he preguntado: ¿por qué? Yo nací en Viena y tengo la ciudadanía austríaca. Mis padres también. Pero no todas las personas que viven en Viena y que forman parte de esta ciudad nacieron acá o dirían ellas mismas que son austríacas. Ahora, ¿qué pasa con ellas? ¿el Estado las protege y las reconoce a ellas también?

 

En la conferencia de prensa del 24 de marzo de 2020, el canciller federal dio las gracias a todos los austríacos y a todas las austríacas por su esfuerzo, colaboración y aguante en estos tiempos difíciles. Bonito gesto, aunque no muy inclusivo, a menos que se haya referido a todas las personas residentes en Austria. Puede parecer una nimiedad discutir este asunto, pero veamos otro ejemplo.

 

Unos días antes de la conferencia, con el fin de levantar el ánimo y esforzar la solidaridad de la población, había entrado en vigor un decreto especial que hizo que en Viena los y las policías pusieran una vez al día la canción I am from Austria. Hay que aclarar que esta canción por sí misma no tiene nada negativo, hasta me atrevo a decir que fue escrita con un tono un poco irónico; de todas formas, surge la pregunta ¿por qué eligieron justamente esta canción? ¿Cuál es el mensaje que se transmite con una canción cuyo refrán consiste en las palabras “Yo soy de Austria” puesta a todo volumen en las calles de Viena por la policía, que está dirigida por el Ministro del Interior, quien por su parte pertenece al Gobierno, o sea a los y las representantes de todo el país? Parece un acto provocativo si se tiene en cuenta que casi un tercio de los y las habitantes de Viena no tiene la ciudadanía austríaca[1] y entonces, en muchos casos, no puede relacionarse con las palabras “I am from Austria”.

 

Aparentemente, el Gobierno está tratando de promover una imagen de Austria bastante nacionalista. Esta postura tan poco inclusiva parece absurda si miramos la historia: resulta difícil definir “lo austríaco” o a “la persona austríaca” dado que en tan solo 50 años pasamos de ser parte del Imperio Austrohúngaro, a ser una pequeña república que luego se convirtió en una dictadura austrofascista a no ser ningún propio país durante el poder de Hitler, para finalmente convertirnos en la República de Austria con las fronteras geográficas de hoy en día.

 

A lo largo de esas transformaciones ha habido un alto nivel migratorio e intercambio cultural: una gran parte de lo que hoy se conoce como “típico vienés” proviene de la región bohemia que actualmente se encuentra en territorio checo. Somos una mezcla que tiene sus orígenes en varios lados y hemos necesitado gente de otros países para poder desarrollarnos, para poder reconstruirnos después de la Segunda Guerra Mundial y para poder establecernos como país industrializado, seguro y rico que somos ahora.

 

En las últimas semanas hemos vuelto a sentir lo que se siente vivir de forma restringida y hemos notado lo que realmente importa en tiempos difíciles: ¡que los sectores básicos, es decir los supermercados, el sector sanitario – los hospitales y el cuidado de personas discapacitadas o ancianas – así como el sector agrario funcionen bien! Curiosamente se trata de trabajos mal pagados y el gran porcentaje de los y las empleados y empleadas son personas que no tienen la ciudadanía austríaca y/o son personas del extranjero.[2] Son ellas las que mantienen el sistema, las necesidades básicas, pero ¿qué pasa con ellas cuando el canciller solamente les da las gracias a las personas austríacas? ¿Se valora también su trabajo?

 

El Gobierno actualmente está planeando traer cuidadoras sanitarias de Rumania, ya que por el cierre de las fronteras está faltando el personal que normalmente viene y va, en trenes aislados, para poder asegurar el bien de nuestra población mayor. También en los otros sectores se nota la escasez de personal que no ha podido llegar por las restricciones de la pandemia. La población campestre suspira por ayuda para la cosecha; en esta época del año, normalmente hay miles de jornaleros y jornaleras agrícolas. Ahora, el espárrago se queda sin cosechar.

 

De repente, nos damos cuenta de lo mucho que dependemos del esfuerzo y la capacidad productiva de otros países. El Estado quiere que vengan, que nos ayuden pero que luego se vayan de vuelta a sus países. Eso, que al terminar su trabajo se vuelvan a sus países, parece un factor importante y por eso tampoco ayudamos a las personas que realmente están llevando una crisis fatal: la lucha por la vida. Austria no acoge ningún refugiado ni ninguna refugiada porque, según el Ministro del Interior: “Recibir a personas refugiadas ahora sería una falsa señal”. ¿Acaso una señal de caridad y compasión humana? ¿por qué Austria se preocupa de que yo pueda comer mi espárrago, pero no les importa nada la vida de familias no austriacas? ¿Por qué no las protegen a ellas?

 

No me malentiendan, obviamente no soy tan poco realista como para creer que todo el mundo se puede volver pacifico y amoroso en esta crisis. Yo sé que existen los estados nacionales, el orgullo patriótico y todo eso. También sé que Austria no le importan las personas refugiadas porque no saca provecho económico de ellas y porque le dan miedo. Pero ¿no sería lindo usar este tiempo para acercarse un poco? ¿Para reconocer que no solo dependemos de la gente que cuida nuestro espárrago, sino que también de otros y otras y que esa dependencia va mucho más allá de las fronteras? ¿Que todos y todas, como individuo, como sociedad, como Unión y como planeta dependemos de otras personas… y que ellas también de nosotras?

 

 

 

[1] Según “Statistik Austria”, la población total de Viena es de 1.911.728 personas. De ellas son 1.322.306 las que tienen la ciudadanía austríaca y 589.422 que no la tienen, es decir que oficialmente son de otra nacionalidad. (los datos son del 1 de enero de 2020)

 

[2]  Parece importante destacar la diferencia, ya que en muchos casos las personas son nacidas en Austria, por lo tanto no son del extranjero, pero por el origen de sus padres no tienen la ciudadanía austríaca.

 

 

 

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