Masculinidad en reflexión

 

 

 

 

 

 

 

 

En el fondo hay un miedo que pareciese atado a esa "fortaleza" del hombre que pasa por natural. La duda le abre a uno la puerta a su propia historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Con sinceridad y deconstrucción:

 

Uno de los verbos más complicados de materializar es « reconocer », porque implica consecuencias, implica sufrimiento, implica dejar cosas con valor y, tal vez, con ellas, momentos de diversión y de felicidad. Pero, implica también que ciertas personas se alejen. Yo reconozco mi error y agacho la cabeza ante las recriminaciones y consecuencias.

 

Escribo estas palabras desde la sinceridad y la intención de que al ser leídas generen paz y tranquilidad. Estamos en una sociedad en donde la justicia tiene mucho que ver con la sanción y poco con la reparación, mucho menos con la garantía de no repetición. La prioridad es la reparación frente a una violencia y agresión que no puede ser normalizada ni invisibilizada. Si las instituciones y protocolos no han logrado hacer algo, es importante que la sensación que perdure no sea la de la impotencia de que no se ha logrado nada.

 

¿Cómo borrar esa sensación? Es evidente, que unas disculpas rayan con el cinismo y además son insuficientes. Por ende, estas palabras no buscan redención. Son resultado de una reflexión que busca que las cosas no queden impunes, ni en un proceso largo y poco concreto para todas las partes.

 

Con las denuncias públicas sí pasan cosas, la presión social es una carga fuerte que puede llevar a la reflexión. Las relaciones que hemos tejido entre hombres y mujeres están atravesadas por una cultura del poder, en donde los cuerpos no han sido valorados en condiciones de igualdad. Nuestra sociedad está atravesada por un machismo y un patriarcado que encarnamos en nuestra cotidianidad.

 

Yo he sido un hombre machista que ha agredido a diferentes mujeres con las cuales me he cruzado en el camino. Mis relaciones de pareja y amistad han estado inmersas en un patriarcado que se materializa en violencia. Reconocerlo es algo que cuesta bastante. Sin embargo, es un acto más sincero que el alardeo que existe en redes sociales y en palabras por parte de muchos machos que, como yo, al estudiar ciencias sociales o estar inmersos en movimientos políticos, alardean de una lucha que es ajena y desde la práctica no consideramos para nada.

 

Reconocerse parte del machismo desde lo más profundo de las entrañas es una carga que yo no quiero llevar eternamente. Es un proceso que de mi parte es inacabado, un proceso largo que se reconstruye a diario y desde las relaciones cotidianas que se tejen con quienes nos rodean. Cuando uno se reconoce como parte del problema de las violencias basadas en el género, asume también una posición frente al cuerpo que uno habita y lo que hace con él. Por ende, se piensa cómo se relaciona con los otros cuerpos.

 

Es muy difícil reconocer, es algo obvio y es un acto desde lo propio, pero más difícil aún es hacer visible la transformación, y la intención de reparación. En ese orden de ideas y tras un año de reflexiones, puedo asegurar la no repetición, lo cual implica que no se tenga que vivir con miedo al ataque, no de mi parte.

 

Las mujeres son atacadas a diario de diferentes formas. Se han normalizado diferentes prácticas frente al cuerpo y desde ahí las violencias de género hacen parte de la cotidianidad, mas no por eso deben ser reiterativas. Los hombres debemos ser conscientes y educarnos desde la posibilidad del diálogo reflexivo y de poner en cuestión nuestros privilegios, para que las nuevas generaciones puedan ejercer su derecho a la sexualidad de manera más libre y sin los prejuicios con los que algunas personas crecimos.

 

De mi parte existieron comportamientos indebidos, pero puedo reflexionar, actuar diferente y ayudar a la concientización frente a que cambiemos las prácticas desde un cuestionamiento sincero, a que deconstruir deje de ser un cliché que suena bonito, para convertirse en una realidad para la cual pongo mi intención sincera. Estamos en esa tarea y mis amigos más cercanos son también hombres que se están deconstruyendo y están haciendo algo con sus machismos. Estamos haciendo algo con ellos, estamos dialogando, estamos reconociendo.

 

El acoso sexual y el abuso son prácticas que aún no se entienden en Colombia, aún se duda de las denuncias. No es tan claro qué hacer con el acusado; la orientación que se le debe brindar a quien es agredida es confusa. Es un proceso largo y complejo que se está dando en todo el mundo y que nos pone en tensión a todos y a todas porque son prácticas que pareciesen ser un chip reproducido a partir de la cultura en un país que, a lo largo de su historia, ha sido mayoritariamente machista. Es momento de que las mujeres y los hombres nos pongamos en relaciones horizontales y que sea posible vernos a los ojos sin pasar el uno por encima del otro. Es momento de que el género no sea un fundamento para la violencia.

 

Este no es un manifiesto feminista porque sería el más hipócrita y falso que pudiese existir. Es la reflexión de un hombre que ha podido reconocer que agredió a mujeres con las que se cruzó en su camino. A partir de asumir las consecuencias, nace una reflexión que no busca acercarse al intento de ser un aliado, sino a agachar la cabeza, a no deslegitimar las denuncias, a no invadir el sentimiento ajeno. Una reflexión que a partir del reconocimiento busca encontrar formas de reparación.

 

Necesitamos dar el debate tanto en la sociedad como en las universidades, colegios y otros escenarios de convivencia para lograr entornos libres de violencias basadas en el género. Pienso que es necesario erradicar estas conductas y, para ello, es fundamental no ocultarlas, ya que al ser temas que tocan fibras sensibles, nos muestran la peste social de la que no nos gusta hablar. Es fácil señalar y difícil ocuparse de los asuntos propios.

 

En nuestra cotidianidad se materializa el sujeto masculino opresor machista que hace parte de un complejo entramado cultural que nos precede. Ese sujeto es un hombre y también es una mujer. Es un hijo, es una compañera, un padre, una madre. Personas, que trabajan, que estudian, que viven y que conviven.

 

Los hombres debemos estar dispuestos a aceptar nuestros privilegios y a asumir otras masculinidades, masculinidades que desde la duda y el reconocimiento lleven a la erradicación del machismo en nuestra cotidianidad.

 

Esta reflexión se atraviesa por entender mi lugar de enunciación, entender lo que soy yo como sujeto: "Mateo Rico", un hijo de madre soltera, un joven que lleva algunos años trabajando en acciones sociales en los barrios, alguien que ha podido viajar a otros países de Latinoamérica, que pudo acceder a la universidad privada, que es sociólogo y estudia geografía en el Externado. Pero también alguien fiestero, fumador y bebedor caminante nocturno de las calles, amante del Hip Hop, de la poesía, del barrio.

 

Es una reflexión que busca un diálogo con lugares de enunciación de mujeres que han sido violentadas, directa o indirectamente, o que no lo han sido, pero que comparten rabias y dolores históricos. Mujeres que hacen parte de colectivos organizados, e incluso mujeres que, sin ser parte de estos mismos, sienten indignación. En el diálogo están quienes deben ser reparadas, mujeres valientes que denuncian públicamente como repuesta a una institucionalidad con intereses propios, en una sociedad revictimizante que resulta juzgando a quien denuncia.

No busco excusarme o cuestionar la veracidad de lo sucedido, propongo una reflexión frente al tema desde mi experiencia para que estas situaciones no se repitan y los hombres seamos cada vez más conscientes de nuestro actuar.

 

Es un proceso largo y difícil que hay que empezar a asumir desde nosotros mismos porque no es tarea de las mujeres educarnos, pero debemos empezarlo. Empezar a dudar y soltar las cargas históricas de ser hombre, deconstruir nuestros machismos. Todas las personas merecemos vivir en una sociedad más justa y horizontal.

 

Finalmente, esta reflexión busca pasar de la palabra a la acción, reconociendo que tener la posibilidad de pensar las relaciones de género es un privilegio de algunas pocas personas. En muchos barrios y cotidianidades, las acciones de violencia son normalizadas. Aquí existe un compromiso concreto de diálogo y de deconstrucción de estas violencias, un cuestionamiento constante frente al referente del cuerpo propio y del otro desde diferentes lugares de enunciación, para encontrar formas efectivas de reparación y garantías de no repetición.

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