¿Tenemos siempre que perder?

 

Sin darme cuenta, de nuevo, me encontraba en la plaza de La Pola. A donde habitualmente se acude para tomar una cerveza y parchar con los amigos. 

 

Allí ocurrió un suceso no tan ajeno a mí, la tarde del 17 de octubre de 2019. Nos encontrábamos varios conocidos, compañeros, amigos y hermanos del alma. 

Veníamos de una jornada de trabajo, aprendizaje y demás. Por lo que una, dos, tres … cervecitas mejorarían el ánimo para vivir lo que quedaba de la jornada. O, en el peor de los casos, simplemente alegrarían el momento previo a irse a dormir. Al fin de cuentas, uno puede dormir tranquilo si tiene amigos. 

 

Me atrevería a decir que los días en la ciudad han estado un poco densos, oscuros y con una que otra disputa. 

 

En las puertas de la rebelión, se ha de venir otra jornada de protestas intensas causadas por decisiones del gobierno tirano. Estudiantes, trabajadores y todo aquel que quiera vivir sin miedo, está saliendo a las calles en búsqueda, no solamente de un cambio, sino también de una posibilidad de vida. Una única posibilidad, para muchos. Se sale a las calles a encontrarse entre grandes batallas campales que se generan, siempre, con el ESMAD. Batallas y más batallas pero nunca el fin de la guerra.

 

Me parece curioso porque me hacen recordar a Rocko, mi perro, que en paz descanse. Cuando se encontraba con el perro de la otra cuadra del conjunto, su acto siguiente era mostrar los dientes y el pelaje erizado.

 

El anhelo del ciudadano, no es solamente que este autócrata gobierno se modifique, sino también devolverle la dignidad y fuerza a un pueblo que en realidad está sudando miedo. Miedo de quedar sin trabajo, miedo de no cumplir sueños, miedo de ser estudiante, miedo de alzar la voz, miedo de ver un asno tombo, miedo de marchar, miedo contra los ceporros del ESMAD. 

 

En resumen, hay pavor en la ciudad y por ella también. La ciudad se ha convertido en ese perro rabioso que muerde al que se descuida. En pocas palabras, al que se encuentre con un tombo.

 

He vivido muchos años en Bogotá. Soy de los que camina rápido por sus calles. Miro las constantes baldosas-minas que afectan testarudamente mis tenis, con los audífonos puestos. Me concentro en mis pensamientos y observo nada más que mi entorno, como en algún videoclip de amor. La estrategia de algunos para no socializar, pero también la sensación de timidez y poca conexión con los demás individuos que caminan rápido y miran hacia abajo. 

 

Pero, me atrevería a decir que no había sentido tanta frustración y decepción como durante aquella tarde. Una frustración y decepción de la cual no culpo sino a la ciudad. Pero sí, a sus dirigentes, a los crueles policías y a nosotros mismos, sus habitantes. 

 

Alrededor de las 7 de la noche llegó, como es habitual, la moto de policía. Esta vez, no sólo venía una sino dos motos, cada una con su pareja de “super” policías. Se nota su presencia, pues, casi siempre la plaza La Pola se llena con más de 100 personas los días jueves y viernes; la mayoría, gente estudiante. Jóvenes atravesados por una semana de trabajos, sueño y mucho café. 

 

Por lo que para muchos, y me incluyo, sentarse en una de las sillas de la plaza o bajo el mítico monumento de Policarpa Salavarrieta es más que todo una expresión de libertad. Significa despejarse unas horitas de todo lo que lo rodea a uno semanalmente, y simplemente llenarse de tranquilidad y felicidad: amigos y una cerveza. Una pola en La Pola. 

 

En fin, llegaron con su figura autoritaria, parquearon las motos y empezaron a evacuar el lugar. Desde la parte alta de la plaza hay unas escaleras y ese fue el punto donde empezó el desplazamiento. Sin necesidad alguna de la palabra, y solamente con su presencia, provocaron que todo el mundo se moviera hacia el monumento. 

 

Un movimiento que demuestra miedo y frustración. Ese sentimiento de que “con la Policía siempre se pierde” y que, al fin de cuentas, los que tendrían que protegernos nunca lo hacen y nunca lo harán. O, bueno, mientras el papel de la fuerza policial sea reprimir y, en pocas palabras, joder al ciudadano que simplemente se está tomando una cerveza en un espacio público, nunca pasará. 

 

Finalmente, en esperas que el posible corazón de los policías se ablandara, muchas de las personas que no se fueron apenas los vieron. Se quedaron e hicieron resistencia, si se puede llamar así. Resistencia que fue acompaña con cánticos como: “ceeeeerdos, ceeeerdos”, que de igual forma no iban a servir para mucho. Eran solo patadas de ahogados, o mejor dicho, era población con miedo. 

 

Como es habitual, pero que no debería de serlo, con su presencia, la sirena de su moto y su historia oscura, la Policía sacó a todo el mundo de la plaza. 

 

Mis compañeros y yo nos quedamos vagabundeando por el bello centro de Bogotá, que realmente no es tan lindo a horas de la noche. Vagabundos con ganas de parchar, beber y estar juntos; no de irse para la casa. En palabras de Zygmunt Bauman, "pasamos de turistas a vagabundos en tan sólo un par de minutos". 

 

Me sentía realmente mal. Uno de los policias puso su moto al frente de nosotros y empezó a pitarnos como señal de que nos fuéramos. Me sentía como un buey. Como si realmente estuviera haciendo algo malo y, sin negarlo, tenía mucho miedo. 

 

Un gran amigo nos dijo que no. Que no estábamos ni siquiera consumiendo alcohol en ese instante. Que no tenían por qué sacarnos de ahí, que permanecieramos. A lo que otro gran amigo, tan acostumbrado y frustrado a esa situación, respondió: “siempre pierdes contra ellos, vámonos”. 

 

Y, la verdad es que es así. Siempre se pierde. No recuerdo la primera vez que hubiera salido bien librado de un policía o beneficiado. Siempre he terminado con comparendos o represión. Algunos ejemplos son, como cuando busco ayuda con ellos, en marchas, camino a mi casa o la universidad, por el carro, etc. 

 

Siempre, lo que es realmente siempre, un tombo me ha jodido la vida. ¿Y me lo he buscado? Al parecer por tener el cabello largo y vestirme de sudadera sí me lo busqué. O, lo que me parece peor aún, no sólo yo, sino todo aquel que le gusta estar con sus amigos, parchar y tomar cerveza en una plaza pública se lo ganó. 

 

Por lo que, a mi parecer, la culpa entonces no es de quien disfruta de su espacio, respeta a los demás y no hace nada más que estar feliz con sus amigos, sino del policía. Y, más allá, es de la institución misma que, por un lado, tiene muchos estigmas de la población y, por otro lado, educa al cuerpo policial para reprimir y no para cuidar. 

 

Todos los ciudadanos debemos tener presente que nosotros tenemos acceso al espacio público, que por eso mismo es público. Claramente, existen algunas restricciones que sirven para no vulnerar derechos de alguien más. Por ejemplo, la idea de la prohibición del consumo en parques y espacios donde se pueda encontrar niños es una idea acertada, ya que para todo está su tiempo y su espacio. 

 

Además, muchos de estos puntos realmente sí son el foco estratégico de bandas que incentivan el microtráfico y, por consiguiente, vulneran y alteran los derechos de muchos niños. Pero, en esta discusión hay dos puntos claves que creo también que hay que tener en cuenta.

 

El primero de ellos va en el sentido de que todo tiene su tiempo y su espacio. La población de La Pola es en su mayoría de jóvenes universitarios. Algunos de ellos son consumidores de cannabis y otras drogas, pero otros son solamente consumidores de alcohol. 

 

La Pola es una plaza en el centro de la ciudad, ubicada bajo los grandes edificios tanto de Los Andes como del Externado: dos universidades muy importantes en el país. Asimismo, el centro se caracteriza porque la población que vive allí es estudiante o con características similares como es vivir solos. Existen muy pocas familias y, en general, la mayoría de la gente llega entre las 6 y 7 de la noche a la plaza. 

 

Una plaza que también tiene locales que venden alcohol, por lo que me atrevería a decir que si un niño se encuentra allí, ya no es culpa del estudiante o consumidor, sino de sus propios padres o de las mismas instituciones que solamente con el discurso quieren alejarnos de la realidad y de la poca preocupación que existe por los niños. 

 

¿O, es que la preocupación de los niños solamente existe cuando pasan este tipos de cosas y no cuando por falta de oportunidades el menor de edad debe conseguir un trabajo y mantener a su familia? Porque lo anterior no es un caso de novela, es una situación que pasa y mucho. 

 

Pensando un poco en lo que he dicho antes, le echo la culpa a todos menos a la ciudad, porque en cuanto a espacios públicos, la ciudad está capacitada para desarrollar diferentes usos de estos, que permitan que todos sus habitantes la podamos vivir, disfrutar y apreciar. Por lo que reitero, la culpa directa es en primer lugar de los gobernantes de las ciudad.

Al parecer, el estar todavía muy atados a ideas morales no ha permitido ver a la ciudad en su complejidad. Entender las diferentes poblaciones que pueden existir en ella y sus diferentes usos del espacio y tiempo que tienen. Por creer que hacen bien las cosas, en el sentido del cuidado de la niñez, marginan no sólo a la juventud que vive su ciudad más que todos, sino a cualquier ciudadano de Bogotá que quiera vivirla.

 

El miedo en general, la desconfianza, la inseguridad de la cual se supone que debería estar encargada la policía, y otros factores alteran el comportamiento de muchos. 

 

Optan por vivir estos momentos en centros comerciales o en otros espacios que nada más reflejan la dinámica del consumo. Espacios que se construyen cada vez más en la ciudad. O, simplemente, nunca viven una experiencia en la ciudad. Se vuelven ciudadanos con tapaojos, como los del caballo. Experimentan nada más que el camino de la casa al trabajo o del estudio a la casa, por el miedo que causa Bogotá.

 

La fuerza policial reproduce lo anterior. Actúa, muchas veces, no de manera protocolaria sino nefasta. Son, cada vez más, unos gamines que no respetan al pueblo, ni tampoco lo ayudan o cuidan. Su mismo actuar, ha provocado que el pueblo tenga miedo. Que cuando se vea un chaleco verde fluorescente se prefiera correr y aceptar la derrota de una batalla que no se ha dado: "el respeto a mi espacio público ". 

 

Finalmente, la culpa es de nosotros mismos. Hemos elegido a quién nos gobierna y cada vez más nos callamos. La frase que nunca se nos va de la mente: “siempre pierdes con ellos”, es la misma que muestra que nos hemos rendido. Que no hacemos respetar nuestros espacios y que juegan con nuestro tiempo.

 

No soy, y creo que ninguno de los que está en La Pola como yo, un delincuente. Por lo que sentarme con mis amigos y tomar una cerveza no debe ser motivo alguno para que vulneren mis derechos. No debe ser más una excusa para que no podamos vivir nuestra ciudad y hacerla como a todos nos gusta, no como a unos pocos. 

 

Término con la respuesta a pregunta que la mayoría de policías nos hacen: ¿No tienen otro lugar para estar que la calle? 

 

Pues, señor policía: mamá y papá están en casa descansando de una jornada agotadora de trabajo, como usted. No iré a incomodarlos con mi bulla. La ciudad, cada vez más, me ofrece sólo espacios de consumo como los centros comerciales, en donde la compra de productos es la felicidad falsa de muchos, pero no la mía. Al fin y al cabo, la ciudad es tanto mía como suya, es de todos. ¡Vivámosla! O, le pregunto yo a usted: ¿Dónde más vamos a estar que en la calle, que nos ha hecho lo que somos y que se ha hecho por lo que somos? 

 

Apropiémonos de ella.

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Entrada destacada

PINCELES DE COLOR LATINOAMÉRICA: Guayasamín y el arte en deconstrucción

September 1, 2020

1/10
Please reload

Nube de etiquetas
Please reload

  • Grey Facebook Icon
  • Grey Google+ Icon

La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados.