Monólogo de un artista en cólera

 

Gustav Klimt es, quizás, el pintor austriaco más reconocido de la historia. A finales del siglo XIX, le pidieron que elaborara unas pinturas para decorar los techos de la sala principal de la Universidad de Viena. Estas debían representar tres de las carreras clásicas que se han ofertado en ese centro educativo: medicina, filosofía y derecho (o jurisprudencia). Klimt realizó unas obras que despertaron muchísimo debate por diferentes razones, pero, principalmente porque, siempre fiel a su estilo provocador, estas tenían contenidos eróticos y no eran lo que el público estaba esperando. Las pinturas, además, tenían un toque oscuro y misterioso que puede despertar cierta angustia en quien las observaba. Por eso, recibieron muchos ataques que buscaron -y lograron- evitar que fueran expuestas. De hecho, el revuelo que causaron las pinturas fue tal que Klimt fue acusado de “obscenidad” y el caso llegó hasta el Parlamento austriaco. La primera pintura de las tres que Klimt presentó fue “Filosofía”, en 1899. Luego, la siguió “Medicina”, en 1901. Como mencionamos, las dos recibieron muchas críticas y una fuerte resistencia. Poderosos sectores de la sociedad se enfrentaron a Klimt y cuestionaron sus producciones artísticas.

 

La última pintura de la serie que realizó fue “Jurisprudencia”. El siguiente escrito es una introspección en la mente del artista antes de emprender la creación de esta obra

 

No son más que unos cobardes. Eso es lo que son. Le tienen un miedo visceral a cualquier cosa que los separe de la tierra firme de sus islas de seguridad, así sea sólo durante lo efímero de un suspiro. Le temen al mar de la incertidumbre, así como la gacela le teme al guepardo.

 

Dicen que les gusta el arte, que admiran todo lo que tiene que ver con la inspiración del artista. Se llenan la boca de elogios hacia la creación y posan de conocedores y eruditos en historia del arte. Pero la realidad es que no he escuchado algo más falso en toda mi vida. Les gusta el arte, sí, pero sólo aquel que no los cuestiona, aquel que no los hace dudar. Y eso... eso no es arte. Porque el arte sólo existe si es absolutamente libre; y es libre si existe sin reglas previamente definidas, pues se crea a sí mismo todo el tiempo. Si no, no es arte. 

 

Empezaron por pedirme que hiciera tres telas que representaran el tema que ellos mismos llamaron “La victoria de la luz sobre la oscuridad”. Sin embargo, como no hice exactamente lo que querían, las atacaron ferozmente. Primero, fue mi Filosofía. ¿Qué era lo que esperaban? ¿Que hiciera simplemente un retrato lo más realista posible de algunos grandes filósofos de la historia?... Sí, seguramente eso era lo que anhelaban, para que cada vez que fueran a dictar sus pomposas clases, vieran las figuras de sus queridos Sócrates o Aristóteles y pudieran rendirles pleitesía y llenarse de una falsa seguridad. Pero, si eso era lo que buscaban, debieron haber contratado a alguien diferente y no a mí. La filosofía no es sólo felicidad y risas. Es más, es todo lo contrario. Significa adentrarnos por medio del pensamiento en lo más profundo de nuestros misterios y temores humanos. Acercarnos y mirar al abismo. No es un camino llano y lleno de rosas que nos conduzca directamente al Jardín del Edén, sino uno tortuoso en el que, para lograr entrever al fondo de la oscuridad tan sólo un rayo de luz, deben superarse antes los más difíciles obstáculos y escollos que el propio pensamiento se erige a sí mismo. 

 

Ochenta y siete mediocres y asustadizos profesores tuvieron la osadía de plasmar su firma en una carta de protesta contra mi creación. Solicitaban al Ministerio de Cultura que rechazara esta composición y me acusaban de presentar "ideas confusas a través de formas confusas". Eso es lo único que quieren: exactitud, control y seguridad. Todo lo que sea diferente lo atacan. No soportan la confusión porque no saben cómo enfrentarla. Pero el rector de la Universidad de Viena, el honorable señor Wilhelm von Neumann, es la peor sanguijuela de todos. Sostuvo públicamente que "en una época en que la filosofía buscaba la verdad en las ciencias exactas, aquélla no merecía ser representada como una construcción nebulosa y fantástica.” ¡Qué tristeza y qué peligroso que un ciego mediocre como este sea quien esté a la cabeza de una institución tan prestigiosa como esta!

 

Pero no les bastó con eso. Tras renegar de mi Filosofía, despreciaron a mi Medicina. No supieron apreciar la belleza de Hygiea, la fabulosa diosa griega de la medicina, que los mira a los ojos y los cuestiona sobre lo que son. No pudieron soportarle la mirada. Se sintieron juzgados… y sólo los culpables y holgazanes reaccionan de esa manera cuando se sienten juzgados. Dicen también que les gustan las mujeres. Pero, en realidad, sólo las desean cuando son sumisas y siguen sus órdenes. Por el contrario, cuando se mantienen erguidas ante ellos y los miran fijamente y sin pestañear, como si de esta diosa se tratara, les temen, las censuran. En sus estrechas mentes no entra la posibilidad de que una mujer sea poderosa. Las prefieren débiles, calladas e indefensas.

 

Sin embargo, esto no se mantendrá así por mucho tiempo. Los tiempos cambian y la historia seguirá avanzando. El arte debe y deberá siempre erigirse como la figura de la Mariana de Delacroix. Debe guiar al pueblo y llenarlo de vida, indicarle el camino hacia el reino de la libertad y del devenir. Erguida, solemne, hermosa, pero, sobre todo, rebelde: así es que debe presentarse. Por eso, cuando el arte se alinea con el poder, se prostituye. Deja de ser la figura de una emperatriz de la libertad y se transforma en la prostituta barata que ronda todas las noches el café de la esquina en busca del primer cliente que se le acerque.

 

La religión los ha cegado. Los ha adormecido. Prefieren reprimirse, controlarse… evitarse. Las creencias católicas han secuestrado sus mentes y sus instintos. La Iglesia y los poderes que la mantienen hacen con ellos lo que quieren y ellos ni siquiera se dan cuenta. Así, pasan su existencia sobre este mundo terrenal cargando un sentimiento de culpa que los atormenta y los vuelve dóciles y maneables. ¿Pero, al fin y al cabo, culpa de qué? ¿De ser humanos y de tener deseos? 

 

Porque la verdad es que dicen ser humanos, pero no lo son en lo más mínimo. No son más que máquinas. Le temen al sexo, al placer, a la voluptuosidad… le temen a la vida. Viven asustados de sí mismos. Y también de los demás. No soportan sus cuerpos y le temen a la desnudez. 

 

Especialmente a la desnudez femenina, que les despierta los más profundos deseos y los hace sentir culpables y más cercanos a las llamas del infierno. Sólo creen en la razón, pero sólo en surazón, aquella que niega lo irracional y todo cuanto no se pueda predecir ni controlar. Se han olvidado del otro lado del hombre: aquel que existe en lo salvaje, en lo animal. Y al negar esto, se han negado a sí mismos.

 

Platón es su Dios porque sólo le creen a la mesura. Pero yo hoy reniego de Platón y enaltezco a Baudelaire. Este será ciertamente menos prolijo y menos pulcro, pero, también, por eso, es más humano. Prefiero embriagarme en su poesía y en el vino. Liberarme al hedonismo y a los placeres. Prefiero aceptarme como lo que soy, como un ser humano lleno de contradicciones. No importa si mi vida por eso tiene que ser más corta, porque será más intensa.

 

Si estos canallas tuvieran la oportunidad de viajar al espacio y pararse frente a las estrellas y al sol, lo harían asustados y pensando en volver cuanto antes a la seguridad de sus casas. En cambio, nosotros, los artistas, daríamos cualquier cosa por tener tan sólo un instante frente al disco de fuego en medio de la inmensidad del universo. Preferiríamos perecer en ese segundo, embriagados por la luz del sol y las energías cósmicas, antes que vivir cien años como ellos, ciegos y envejecidos.

 

Cualquier imbécil sabe que yo soy el pintor más grande del Imperio. ¡Y esta infamia no la voy a tolerar! Podrán atacarme, censurarme, pero nunca doblegarme. Si quieren que me arrodille y me incline ante ellos, me erguiré más alto y más grande que nunca antes. Mi Jurisprudencia, el último encargo que me hicieron y del cual ya no se pueden retractar, será la prueba de esto. Piensan que sus amenazas harán que pinte una justicia sin fallas, perfecta. Pero tendrían que matarme antes para que lo hiciera. Pintaré la justicia como lo que en realidad es: un medio de satisfacer los deseos más salvajes e instintivos de venganza que hay en el ser humano; una forma de lastimar a los que odiamos, pero todo en medio de una apariencia y una farsa de racionalidad. No saben lo que les espera. Si piensan que ya lo han visto todo, es porque son aún más ingenuos de lo que creí. Si quieren mi complacencia, no tendrán sino mi odio.

 

 

 

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