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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

La experiencia santafereña: viviendo en la grieta de un corazón roto

 

Las grandes ciudades occidentales, principalmente las latinoamericanas y las europeas, tienden a sufrir de una dicotomía interesante que solemos pasar por alto, pero que, creería yo, es una de la que condiciona más fuertemente las interacciones urbanas: los dos equipos de fútbol de la ciudad. Tanto Barcelona, como Roma, como Sao Paulo, como Buenos Aires, como Quito, suelen dividirse en dos equipos, que tienden a construirse imágenes antagónicas; uno como el gran equipo de la ciudad, el imponente, el histórico, el campeón, el otro como el equipo humilde, del pueblo, luchador, con garra, al que en inglés se le dice el ‘underdog’, el perro al que no le apuestan. Por ejemplo, la división en la primera ciudad mencionada entre el Futbol Club Barcelona, uno de los mejores equipos del mundo, y el Espanyol, el equipo catalán que no ha tenido el chance de levantar una copa internacional.

 

En Bogotá esta división antagónica se hace más visible que en otros lados del mundo, propondría yo, porque se han consolidado históricamente estos imaginarios, y a la par que la ciudad se convirtió creció y se consolido como una mancha de mugre imparable, los equipos forjaron su historia, y, a la vez, el carácter de sus hinchas. Independiente Santa Fe tuvo una época gloriosa a principios del fútbol colombiano, ganando varios títulos a finales de los 40 y en los años 50. Para los años 60 el equipo capitalino no pasaba por sus mejores momentos, pero los títulos seguirían llegando hasta el año 1975, desde donde el equipo rojiblanco empezaría una de las rachas más largas en la historia del fútbol sin levantar título alguno, por ello, todos sus hinchas se aferraban a esa fe, la Santa Fe, de que esos tiempos gloriosos volvieran algún día, al tiempo que cada temporada apretaban las nalgas y se comían las uñas esperando que el equipo no descendiera, y ganara El Clásico Capitalino.

 

Por otro lado, Club Deportivo Los Millonarios empezaría como un club más bien tímido en el fútbol bajo el nombre de Deportivo Municipal. En los años 60 el comienzo de una época conocida como ‘El Dorado’, donde una enorme inyección de capital llevaría a tener a grandes jugadores, como fue el caso de Di Estefano, proceso que terminaría ganándoles su nombre actual, y que los llevaría a levantar una enorme cantidad de títulos, y a brillar incluso a nivel internacional, llegando a sus tiempos más exitosos justo cuando Santa Fe entró en su sequía histórica, lo que hizo de sus hinchas humanos que depositaban su absoluta confianza en el equipo, que lo engrandecían y que veían en él reflejadas una enorme cantidad de victorias que sentía como suyas. Durante un tiempo, principalmente los finales del siglo pasado y la primera década de este, por la pérdida de protagonismo de ambos equipos en el panorama futbolístico nacional, estos imaginarios parecieron estar adormecidos por un rato, pero en esta década volvieron a exacerbarse y sobre todo a consolidarse teniendo en cuenta la final del torneo nacional del 2017, siendo uno el gran equipo de la ciudad, el papá, en quién sus hinchas confían y engrandecen, y el otro el equipo humilde, el hijo, a quién sus hinchas, desde un amor eterno, sólo le rezan que no la caguen más.

 

Tuve (o no) la suerte de nacer en una familia donde Santa Fe era una clase de miembro más. Mi papá se hizo hincha del rojo sólo con la intención de llevarle la contraria a su hermano mayor y a su papá, ¿cómo más hacerlo que siendo hincha del equipo que nadie es hincha? justo el archienemigo del equipo amado. No creo que supiera los efectos que esa decisión iba a tener; su visión sobre el fútbol, la derrota y el amor iban a sufrir fuertes modificaciones, y, de paso, nos traspasaría estas modificaciones a nosotros dos, mi hermano y yo, que decidimos seguir este camino de rosas, con bastantes espinas.

Fueron hasta años recientes, justo entrando en mi adolescencia, que mi relación con el equipo se estrechó, y que aprendí a vivir realmente la ciudad como un santafereño. Amar este equipo del modo en que lo hago sin duda ha condicionado mis expectativas y mis imaginarios en una ciudad tan caótica como la bogotana, en un mundo tan raro como en el que estamos parados.

 

Es como jugar una apuesta que siempre sabrás que pierdes, la sorpresa sería que ganaras. Pero no la juegas por ganar, lo divertido es la apuesta en sí, es más, es probable que de tanto perderla algo de disfrute se encuentre en la derrota. Y es por eso mismo que las victorias son tan dulces.

 

Así la ciudad nunca te decepciona, como buen santafereño, te sientes como Omar Peréz en el corazón de un equipo que está muerto, aún haces tú magia, aunque la desazón gobierne. Y entonces, en una ciudad que siempre está dispuesta a morder, donde la suerte parece más que escasa y las caras largas son símbolo local, no te preocupa si te muerde: si pasa un policía y te arma la hijueputa, si un ladrón se te acerca a preguntarte la hora, si te mea un perro, da igual, de todos modos, esa desazón iba a gobernar mi cotidianidad dentro de la ciudad.

 

Pero no todo es gris y sombrío, es más, diría por eso mismo que nos gobierna nuestras concepciones, esa proyección hacía la derrota y esa manera de aferrarse en medio de la tormenta, las victorias, aunque sean pequeñitas, son mucho más dulces que lo serían usualmente: si Millonarios gana un partido difícil, su hincha lo celebra esa noche, y se llena la boca alabando esta victoria durante un tiempo, pero el santafereño, aunque no lo diga en voz alta, atesorara esa victoria no sólo esa noche, sino probablemente el resto de su vida, aunque no haya sido una final. Del mismo modo, es muy probable que nadie le de importancia a que apenas llegaron al vagón de la estación, enseguida llegó el Trasmilenio, mientras que para mí es una victoria tan dulce que el día se permea de esa sensación, de esa probadita de luz y color.

 

Es por eso mismo que esa época de oro que sólo hace unos años vivimos fue como vivir en las nubes, se sentía un sueño entero ver a un Santa Fe que jugaba a un toque, que llegaba a semifinales de Libertadores y levantó una Sudamericana, aunque nadie no los quisiera admitir, veíamos frente a nuestros ojos a un verdadero grande hecho desde la nada, y nosotros nos sentíamos grandes por vestir sus colores. Y por eso mismo es que la caída tan estrepitosa este par de años ha sido volver a una tusa, a una larga tusa que ya vivíamos, volver a la grieta del corazón roto, y si bien no nos destroza, ese dolorcito propio de la decepción amorosa sólo nos hace tener más fe, apretar más nalga, de volver a esos tiempos gloriosos, ahora más recientes que nunca.

 

Raro es pensar que, aquellos empedernidos en la derrota, unos románticos en vía de extinción, este primer amor, ese amor infinito al equipo, lo reproducimos en las demás relaciones que solemos tener: si tenemos la opción de seguir al Real Madrid o al Barcelona optamos por el Atlético de Madrid, si tenemos la opción de elegir a la Juventus o el Milán elegimos a la Roma, si tenemos la opción de comprometernos con una mujer, elegimos justo aquella que sabemos que es una apuesta a perder, por el placer de las pequeñas victorias mientras esa derrota sucede, el placer de ver a la Roma vencer al Barcelona en una remontada épica de los cuartos de la Champions League, aunque no la ganen, el placer de levantarse al lado de ella, aunque se vaya a ir.

 

Nos convertimos, por eso que vivimos, en los habitantes melancólicos de la ciudad, nostálgicos, llenos de desazón, que disfrutan cada pequeña victoria como un buen plato se debe comer, sin prisa, con todos los sentidos destapados, con la mente dispuesta a explotar esa sensación de placer. El perfecto sujeto para sobrevivir esta jungla, que nunca duerme y siempre muerde.

 

 

“Sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza” Walter Benjamin

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