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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

La actitud “blasée”. Libertad e Indiferencia urbana en la sociología de Georg Simmel

May 21, 2019

 

Se dice de Georg Simmel (1858-1918) que siempre fue percibido como un marginal por sus contemporáneos. Un pensador de intereses variados en el campo de la filosofía, la ética, la sociología, la crítica y la estética. Que trabajó sobre problemas igualmente particulares como el dinero, la moda, la religión, el amor, el paisaje, entre otros. Que pasó la mayor parte de su vida en Berlín donde nació, estudió y dictó cursos en la Humboldt-Universität zu Berliny que murió en Estrasburgo por cáncer hepático para las fechas en que Alsacia y Lorena se proclamaba República independiente del Imperio Alemán y, sucesivamente, era ocupada por Francia. 

 

Aunque Georg Simmel tuvo pocas plazas universitarias estables y la mayor parte de su vida se desempeñó como profesor privado y recibió poco reconocimiento por su trabajo, hoy en día es conocido como el “impresionista de la sociología” - como lo llamaba Karl Mannheim por su gran capacidad de describir los matices de la vida cotidiana-, y es uno de los referentes imprescindibles en los estudios interdisciplinarios sobre las metrópolis. 

 

Precisamente, en torno a las características propias de la vida urbana podemos discutir la condición paradójica de habitar en estas metrópolis “libres” que ordenan intelectual y pecuniariamente los países desde el espacio simbólico del "Extranjero" y el Pobre: Dos personajes que le interesaron a Simmel y que podemos entender entre contrastes psíquicos, económicos y reconocimientos políticos para atender no sólo a los pobres y extranjeros de nuestras ciudades sino a las afecciones emocionales y mentales que se generan entre los urbanitas. 

 

Si en el trasfondo mantenemos la pregunta formulada por Simmel de: ¿cómo la personalidad se acomoda y se ajusta a las exigencias de la vida social?Podemos hacer foco en el sentido psíquico de la “libertad”de los urbanitas y la formación de sus “comunidades individuales”, como sea que esta noción nos parece posible. Ya que, aunque “paradójica”, define la condición preponderante de habitar la ciudad moderna y dirige nuestro interés hacia la experiencia de la vida metropolitana con su demanda de autonomía y autenticidad; así como con el riesgo de que éstas dos sean suprimidas por fuerzas sociales, políticas o tecnológicas.

En cuanto a la personalidad urbana, Simmel argumentaba en La metrópolis y la vida mental (1903)que los individuos urbanos forman personalidades indiferentes y hastiadas o “blasée”que se acomodan a las exigencias de “la vida moderna y sus productos”. Que, en la metrópolis, ese lugar donde la “individualidad” hace parte de la “multitud metropolitana”, se propician lazos sociales de independencia y objetividad mediados por el mercado. Para él, en la urbe la pregunta simple y cotidiana es por el: “¿cuánto cuesta?” la cual desencadena consecuencias creativas y expansivas del mismo mercado que nos distinguen a la vez que nos hacen "indiferenciados" . 

 

Estos lazos sociales de independencia y objetividad mediados por el mercado definen la paradoja de las “comunidades individuales” de las metrópolis: porque aunque su experiencia se define en la medida en que crece la ciudad y “aumenta su proximidad corporal y la estrechez del espacio”;sin embargo, bajo estas circunstancias los urbanitas nos pensamos más “independientes” y nos distanciamos mental e intelectualmente de los otros. 

 

En la velocidad y mercantilización en la que vivimos, decía Simmel, nos hacemos “libres”en sentidos intelectuales, espiritualizados y refinados mientras que por la “indiferencia”, el hastío o la actitud negativa “blasée”, devaluamos el mundo objetivo y somos forzados a vivir en el riesgo de perder hasta el valor de nuestra propia "personalidad individual". 

 

Por eso es que podemos decir que en la ciudad todos los urbanitas somos extranjeros “en potencia”. En lo que interpretó de las consideraciones de Simmel, quien en su comprensión de los extranjeros comerciantes mencionaba que mantenían un nivel de distancia y repulsión con la ciudad o una “proporción de proximidad y alejamiento” que los llevaba a relacionarse entre sí como “iguales” en el intercambio monetario, y asimismo los hacía marcar mentalmente una “diferenciación cualitativa”. 

 

Al Extranjero, Simmel lo comprendía como un miembro orgánico de la ciudad cuya no pertenencia o no-relación de su vida unitaria encerraba la condición de la metrópolis. Para él, el Extranjero en la ciudad se ocupaba de disolver las fronteras del círculo social de la metrópolis porque sus “acciones recíprocas” con los demás no eran de “propietario territorial” o estaban dadas por “la fijeza del parentesco, la localidad o la profesión”. Así, aunque fuera residente, el Extranjero era un “supernumerario” que se definía en su “movilidad”, por la cual conseguía su “indiferencia” u “objetividad” frente a situaciones con las que se encontraba libre de prejuicio. 

 

De esta condición, el sentido psíquico de “individuación” que lo hacía vulnerable a la vez que lo protegía como a los demás urbanistas que mantienen la actitud “blasée”. Por un lado, libres y por otro indiferentes, esta actitud “blasée” entendida como estrategia de “autoconservación”, sea por vulnerabilidad o rechazo, es la que marca los contrastes psíquicos, económicos y los reconocimientos políticos de la personalidad urbana. Por ella también podemos intuir que a nivel emocional y mental los demás urbanitas hacemos lo mismo que el Extranjero en sus transacciones económicas: conservamos la distancia con los demás porque “estamos de paso” y encontramos que aquello que tenemos de común son cualidades de orden general que definen nuestras relaciones de carácter personal y comunitarias. 

 

Pues, además por este cosmopolitismo que nos hace libres e indiferentes, extraños y desconfiados, Simmel rescataba la extrañeza del Extranjero sobre sus relaciones íntimas, así como su escepticismo sobre sus relaciones eróticas que veía como causales, corrientes, repetidas e iguales. Para él, en el gran círculo social de la metrópolis y del mercado, los urbanitas vivían la exigencia psíquica y social de mantener lo que en sus palabras se entendía como: “la conciencia de no tener de común más que lo general”, lo cual “hace que se acentúe especialmente lo no común”.

 

Pero los contrastes no terminan allí. Al igual que la actualidad de su comprensión sobre la condición y sensación del Extranjero en las grandes urbes, el trabajo de Simmel sobre las relaciones entre la personalidad y las exigencias de la vida social tiene también otro personaje de nuestro interés: El Pobre, quien está igualmente situado en los márgenes de los círculos sociales de la vida urbana, pero su condición de vida atañe a otro aspecto colectivo y negativo de la actitud “blasée”.

 

Dado que está actitud es consecuencia de la demanda que la vida urbana le hace a la personalidad en la estimulación del sistema nervioso del rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones; la vida del Pobre responde al problema de la cooperación en la ciudad cuando sus habitantes viven con hastío. 

 

Su condición, plantea por un lado una necesidad de comprensión sobre la forma en que se establece la red de derechos y deberes individuales en la vida metropolitana que son los contribuyen a la conservación de la sociedad. Mientras que por otro, da cuenta de las relaciones de prestación y contraprestación entre los unos y los otros, definidas dentro de la moralidad autónoma e independiente del “yo” o del “individuo” urbano. De manera que revela el problema de la posible "“autarquía”" de la cuidad sustentada en la vigilancia policiaca y la presencia y ocultamiento de la pobreza.

 

El Pobre es una pertenencia negativa para la ciudad porque tiene necesidades insatisfechas que la administración pública busca mitigar pero porque las entiende como peligros para el “bien común”. Este era el argumento de Simmel quien decía que, en el círculo amplio de la ciudad, la miseria del Pobre es llevada a una forma abstracta y poco sensible que lo caracterizaba en su “impersonalidad” o “indiferencia” ya que su asistencia era vista como un deber del Estado y de la sociedad. 

 

Entonces, la respuesta asistencial estaba dada por al derecho al socorro y no por un el interés particular sobre el individuo. La misión de socorrer a la pobreza se establecía con el fin de “crear individuos independientes y económicamente productivos”. 

 

Puesto que al curar al Pobre de su necesidad se realizaba el ideal de socialización bajo la acción recíproca de los miembros de la sociedad, y con el fin de hacer notar el crecimiento de la prosperidad general en la Metrópolis. Para Simmel, la institución pública asistencial favorecía las exigencias expansivas de la ciudad y el mantenimiento del status quousocial. Conservaba el esplendor de la ciudad como el epicentro de producción de la riqueza que “extiende sus funciones más allá de sus fronteras físicas”.

 

Por lo anterior, pienso que de igual manera que con el Extranjero, Pobre somos todos los urbanitas en potencia. Corremos el riesgo de ser “desechados” o excluidos como a quienes se les niega su ejercicio de ciudadanía con el propósito de que sea efectiva aquella abstracta y poco sensible “reciprocidad” de la vida urbana. 

 

En algún momento podemos vivir que se nos niegue nuestro lugar en la ciudad y se rechace u oculte nuestra existencia por no participar de la productividad, o quizás por estar en desacuerdo con la vigilancia policiaca.

 

Aunque sabemos que muchos urbanitas viven en la incertidumbre y con otros tipos de angustias, como pasa en nuestras ciudades latinoamericanas en donde son varios los fenómenos de violencia y exclusión social que deben ser comprendidos para bien de nuestros contextos locales y regionales. De la misma manera que entendemos que crece la complejidad de los problemas, pienso que podemos rescatar que lo ilustrado por Simmel conserva su vigencia y especial carga de actualidad sobre los interrogantes contemporáneos de la configuración de las ciudades y la vida urbana.

 

Desde una lectura, quizás fenomenología, podemos ver que sus reflexiones de comienzos del siglo XX pueden ser aplicadas a distintos contextos urbanos y a dimensiones novedosas como el ciberespacio o el mundo virtual. Desde su planteamiento sobre, como lo hemos mencionado, la actitud “blasée”y su noción de “comunidades individuales”, podemos entrever interrogantes políticos de relevancia como es el sentido de “libertad” e “indiferencia” de los urbanistas a partir de los cuales podemos abrir caminos diversos de exploración y comprensión de nuestro presente.

 

Referencias Bibliográficas

 

Simmel, G. (1990). The philosophy of money. London-New York: Routledge. En: La Metrópolis como cultura material:La Metropolis y la vida mental como propuesta metodológica Rosario Palacios Socióloga y periodista, Pontificia Universidad Católica de Chile. MSc en Planificación Urbana, Columbia University, PhD/MPhil (c) en Sociología, London School of Economics. E-mail: r.palacios@lse.ac.uk.  http://www.bifurcaciones.cl/004/Simmel.htm

 

Georg Simmel. Center for Metropolitan Studies. Véase. https://www.intzent.hu-berlin.de/en/gsz/zentrum-en/georg-simmel

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