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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

 

 

El 10 de enero del 2016 la vida de Camila cambió radicalmente. Ese día aterrizó en Bogotá proveniente de un vuelo desde Caracas. Dejaba atrás su ciudad natal para irse a vivir a la capital colombiana. Comenzaba así una aventura que ya cumple casi dos años y medio. Lo hizo para empezar a estudiar antropología en la Universidad Externado de Colombia. Hoy ya está en quinto semestre y piensa llegar hasta el final de la carrera aquí. Ha podido conocer así el agite cotidiano de la vida bogotana. Pero la verdad es que a esto ya estaba acostumbrada, Caracas también es una ciudad grande e intensa. Hizo un cambio de capital por capital. Lo mismo, pero a la vez muy diferente.

 

Camila se fue de Venezuela y llegó a Colombia por varias razones. La más obvia, naturalmente, es la terrible situación tanto económica como social por la que pasa su país. Como todos ya lo saben, y no es necesario recalcarlo mucho, la Venezuela del régimen de Maduro está en las ruinas. Y, de lo que fue un día un país con un futuro muy prometedor, que era visto con envidia por muchos de sus vecinos latinoamericanos, hoy no queda mucho, apenas una raquítica sombra. Pero hay más razones que esta. Desde que estaba muy pequeña, Camila sabía que quería viajar y conocer el mundo. Cualquiera que la conozca sabe que esto es verdad: su carácter intrépido y aventurero no se conformaría nunca con conocer sólo un rincón de nuestro planeta. Camila tenía claro que, en algún momento, dejaría su Venezuela querida para irse a probar suerte en otro lugar. Lo que no sabía con certeza era a dónde.

 

Luego, tras finalizar su bachillerato en Caracas, la balanza se decidió por Colombia y por Bogotá, empujada por el peso de tres motivos principales. Primero, sus abuelos son colombianos, aunque viven en Venezuela desde hace ya varias décadas. Es una pareja de barranquilleros que llegó allá por la misma época en la que miles de colombianos partieron hacia el vecino país en busca de mejores oportunidades de trabajo y escapando de la violencia que estaba azotando a nuestro país. Esto fue, principalmente, entre los 70 y los 80. El hecho de tener abuelos de nuestro país le permitía a Camila reclamar la nacionalidad colombiana, algo que es una gran ventaja si se tiene en cuenta que nuestra burocracia sigue siendo un obstáculo muy difícil de superar para muchos extranjeros. Segundo, la cercanía geográfica, claro está. Estar a apenas un par de horas en avión de su país, para poder visitar a su familia cuando pudiera, era una razón a tener en cuenta. Y tercero, casi por una casualidad de la vida, un viejo amigo de sus padres les había comentado, tan sólo unos días antes de que finalizara la época de inscripciones para un nuevo semestre, que el Externado podía ser una buena opción de estudio para alguien que estaba interesada en continuar su experiencia académica dentro de las ciencias sociales tras finalizar el colegio. La decisión entonces ya no fue tan difícil de tomar. Camila empacó sus maletas de afán y así llegó a Bogotá.

 

Camila nunca ha tenido necesidades económicas realmente apremiantes en su vida. Tampoco es millonaria, pero sabe que, en ese campo, ha tenido suerte. Suerte que le permitió estudiar en un buen colegio en Caracas, que le ha permitido viajar y que hoy le permite vivir bien en Colombia. Como tenemos una obsesión acá por definir y clasificar todo, y que nos encantan las jerarquías y los estratos, podría decirse que es una persona de clase media-alta. Difiere entonces del gran imaginario colectivo que se tiene de la inmigración venezolana en nuestro país. En este sentido, dice que ha sentido más apoyo que rechazo por parte de los colombianos, quienes, en general, la han recibido muy bien. Los episodios de xenofobia que ha tenido que sufrir han sido muy escasos. Se han tratado, sobre todo, de vecinos amargados que, con ganas de echarle injustificadamente la culpa a alguien de los males del edificio, del vecindario o de sus propias vidas personales, utilizan a los extranjeros como chivo expiatorio.  Por su experiencia, no considera entonces que Colombia sea un país particularmente xenófobo. Camila dice que en todos lados hay xenofobia. En algunos lugares más que en otros, es cierto. Pero no cree que nuestro país sea de los primeros. Aunque vale la pena otra aclaración: está consciente de que ella ha tenido más suerte que muchos de sus compatriotas, pues vive en un buen barrio de la ciudad y ha llegado a una buena universidad. Sabe que muchos otros venezolanos han tenido que pasar por situaciones mucho más duras y que es muy posible que, ellos sí, hayan tenido que sufrir muchos más casos de xenofobia en carne y hueso.

 

Como balance general, su experiencia en Colombia ha sido positiva. La verdad es que Camila está contenta hoy en nuestro país. No sólo ha hecho muy buenos amigos, sino que siente que ha sido recibida de buena manera por nuestros connacionales. Entre las cosas que más le gustan de Colombia está su gente cálida y amable. También le encanta la comida colombiana, aunque sostiene que las arepas venezolanas son mucho mejores que las nuestras (esto, por supuesto, no se lo creemos). Y la riqueza natural y geográfica de nuestro territorio es algo que muchas veces la deja boquiabierta. Aquí ha bailado, ha comido, ha conocido y ha aprendido muchas cosas. Hasta ahora, Camila se ha gozado Colombia

 

Obviamente, también hay cosas que no le gustan, como la enorme desigualdad que reina por estos lares o el poderoso machismo que sigue presente en muchas de las esferas de nuestra vida en sociedad. Tampoco le gusta esa viveza, tan típicamente latinoamericana. Dice, que realza el hecho de querer aprovecharse del otro y sacarle provecho cada vez que se puede. En esta dirección, hace falta un poco más de solidaridad y trabajo en equipo. Y es por esto también que ha apoyado decididamente el proceso de paz colombiano que busca crear, de una vez por todas y después de tanto sufrimiento innecesario, un país en donde, simplemente, todos quepamos sin tener que matarnos.

 

Dejemos aquí un espacio en nuestra narración para otro punto importante. Una de las mejores cosas que tiene Camila es su familia, que poco a poco y en busca de una vida más tranquila, ha ido llegando a Colombia con ella. Aquí ya se encuentran sus dos hermanos -más jóvenes que ella- y sus padres. Todos tienen algo en común con Camila: son seres humanos lindos, honestos y generosos, dedicados a ser buenas personas. Personas que, no le quepa ninguna duda a nadie, vienen a enriquecer nuestra sociedad y a hacer de Colombia un país más diverso y tolerante.

 

Con todo lo anterior, Camila demuestra que no todos los venezolanos que llegaron a Colombia son putas, ladrones o vendedores de dulces en Transmilenio, como nos han querido hacer creer algunos medios de comunicación y uno que otro expresidente (y, de paso vale la pena preguntarnos, ¿cómo se puede juzgar estas tres realidades como si fueran la misma?...) Lo malo es que muchos colombianos, siguiendo con nuestra tradición de ingenuidad, desinformación y soberbia, les han creído. Pareciera así que Colombia, antes de la reciente llegada masiva de venezolanos, fuera un paraíso. Y no el país desigual, injusto y violento que lleva muchos años siendo.

 

Si le preguntas a Camila qué es lo que puede pasar en el futuro en Venezuela, contesta preocupada que cree que lo más posible es que se avecine alguna intervención armada. No sabe bien dirigida por quién, pero sí cree que eso es lo que se divisa en el horizonte. Su respuesta es elocuente: “Sinceramente, creo que va a haber una intervención armada. Bien sea de Estados Unidos, bien sea de la oposición, bien sea de venezolanos de afuera que se vengan con tanquetas y vainas locas… Creo que eso es lo que puede pasar.” Y una intervención armada significa combates y violencia. Muy probablemente más de la que ya está viviendo Venezuela, que no es poca. Todo esto la preocupa terriblemente, pues sigue teniendo muchos familiares y amigos en los que piensa todos los días, que aún viven allá y que pueden correr riesgos graves en caso de que se den duros enfrentamientos.

 

Por todo esto, considera que este no sería, para nada, un escenario ideal. Camila cree que, en la vida en general, los problemas deben resolverse desde adentro y nunca desde afuera. En este caso, son los venezolanos quienes deben solucionar la tragedia humanitaria que están viviendo, y no pueden quedarse esperando a que alguien más venga a hacerlo por ellos. Además, cuando las soluciones a un problema vienen únicamente desde afuera –con intervenciones armadas, por ejemplo- la solución puede resultar peor que el problema. Esto porque los actores externos llamados a realizar estas operaciones muchas veces no tienen en cuenta características y particularidades propias de las sociedades locales, lo que puede desembocar en tomas de decisiones y actos muy equivocados. La cura peor que la enfermedad, como se dice por ahí.

 

Finalmente, si la cuestionas sobre su futuro, Camila te dirá que piensa volver en algún momento a Venezuela, pero no por ahora. Sabe que su profesión como antropóloga sería extremadamente útil en estos momentos allá, pero lamentablemente, el régimen autoritario de Gobierno no deja espacio para posturas críticas como las que desarrolla la antropología, que tanto bien podrían aportar en pro de crear un ambiente de diálogo que permita salir de esa crisis. Pero esto, por ahora, no es posible. Tampoco piensa quedarse en Colombia mucho tiempo después de finalizar su carrera. Ella quiere seguir conociendo el mundo. Y no tiene miedo de perderse. Para eso, lleva una brújula con la bandera venezolana tatuada en su espalda, para poder siempre encontrar la vuelta a su tierra y nunca perder el norte (o, en este caso, el oriente, pues es hacia ese rumbo en donde se encuentra Caracas). Pero quién sabe hacia dónde apunte esa brújula mañana, cuando esta joven antropóloga venezolana siga su rumbo. Uno que sólo ella conoce.

 

Bogotá y Caracas, Colombia y Venezuela. Lo mismo pero diferente. Volvemos así, como pasa en muchos escritos, al principio del texto (de pronto Nietzsche tenía razón con el eterno retorno…). Ambos son países del trópico, con gente amable y trabajadora y paisajes naturales espectaculares. Con culturales similares, pero a la vez diferentes. Uno es un país capitalista, el otro socialista, por ejemplo. Pero ambas son sociedades que han tenido que pasar por momentos históricos muy duros. Antes fue Colombia, hoy Venezuela. Y, a pesar de que nosotros no hemos salido de toda nuestra violencia ni hemos solucionado todavía todos nuestros problemas, sí estamos actualmente en una mejor situación que nuestros vecinos. Nos toca ahora a nosotros ser solidarios con ellos y brindarles apoyo mientras superan la tragedia que están viviendo. Así como ellos hicieron con nosotros hace unas décadas. De esta manera no sólo cumpliríamos con lo que es nuestro deber moral, sino que aumentan nuestras posibilidades de que lleguen más Camilas y tengamos el placer de conocerlas.

 

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