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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

Nostalgia y sazón, una mirada a la migración venezolana

April 26, 2018

 

Sin importar la naturaleza de las motivaciones que sirven como detonante, las migraciones derivan del afán por asentarse en territorios ajenos al propio; o el de obligar a un otro a que lo haga. Suelen estar acompañadas por la extrañeza y la desazón de sentirse extranjero, que se exacerban cuando la xenofobia enturbia la mirada de los residentes. ¡Pero ojo!, el fenómeno no se agota en las nuevas tierras. Tras los pasos del migrante muchas cosas quedan a su espalda. Algunas para ser enterradas, pues su recuerdo le suscita vergüenza. Otras, en cambio, escapan del olvido, enaltecidas por la nostalgia. Las que gozan de ese privilegio no se limitan a hacer parte de los mayores emblemas de los que se precia un jefe de Estado ante la mirada internacional. Se apartan muchas veces de los grandes discursos y nada tienen que ver con los grandes personajes; por supuesto, muchas otras veces se remiten a ellos.

 

Todas las respuestas tienen cabida ante la pregunta, ¿qué extrañas del país que dejaste atrás? Extraño la democracia, podrían contestar, o el orden, tal vez. Extraño sus montañas, sus ciudades, extraño el gobierno. Extraño el capitalismo y sus abundantes mercancías; extraño el socialismo y su dignificación del ser humano. Echo de menos a mi presidente o a mi constitución. Extraño mi Estado laico; extraño mi iglesia… ¿Pero si lo que se extraña solo cabe envuelto en una hoja de plátano?

 

Al despertar en otras tierras, luego de meses de pagar arriendo en un país que no es el propio, el recuerdo de la patria quizás sea el primero del día, desplazando a los demás pensamientos que se asoman. ¡Patria!, gran palabra. Su peso desborda cualquier manifestación concreta, cualquier imagen que ose abarcarla. Una bandera, tal vez, o inclusive la estatua de Bolívar sea lo que se venga a la mente cuando se evoca la patria. Pero nada logrará captarla en su totalidad. Es un concepto sublime que se escapa a cualquier experiencia. Hay otras imágenes, en cambio, que sí provienen de un conocimiento sensible, y que de ahí pueden evocar ideas más colosales y difusas. Proceso semejante el que inicia con un plato de carne desmechada, fríjoles negros, arroz y tajadas de plátano, y finaliza conduciendo a pensar en la categoría de nación.  En este escrito, antes que prestar atención a palabrotas que yo mismo no podría definir, se privilegiará la importancia de, por ejemplo, un buen pabellón.

 

Es bien sabido en Colombia que son muchos ya los venezolanos que comparten con nosotros. Que salen a lidiar con el transporte masivo de Bogotá, con el calor de Riohacha y las diversas condiciones que ofrecen los territorios nacionales. Es precisamente eso, su diversidad, la que dificulta hablar de la experiencia de la población migrante. Solamente entre los que se asentaron en Bogotá saldrán respuestas distintas. Los que trabajan en Usaquén dirán una cosa, los que lo hacen en San Victorino dirán otra, así como los que trabajan como meseros y los que montaron el restaurante. A su vez, para seguir evidenciando el encanto dialéctico con que suele configurarse el mundo, la otra condición que problematiza hablar de la experiencia de los venezolanos en Colombia es la homogeneidad. Por un lado, ambos países en particular tienen estrechas similitudes. ¡Y que lance la primera piedra el que pueda diferenciar la masa del tamal de la masa de la hallaca!  Por otro lado, la globalización ha inculcado los mismos gustos y nos ha provisto con los medios para satisfacerlos.  El cine es hoy en día la actividad de la que todos echamos mano en el mundo moderno cuando de diversión se trata. Los migrantes del vecino país a los que entrevistamos, no dudaron en nombrarlo en primer lugar dentro de las actividades de ocio que allá realizaban; la segunda fue la rumba en discotecas, otra de las especialidades del entretenimiento del mundo actual. Nos quedamos esperando respuesta, en cambio, cuando preguntamos por las actividades más exclusivas de su tierra, con la esperanza de toparnos con un equivalente del tejo.

 

Sin la intención de hacerle un guiño a la premisa bolivariana –y así no estropear cierta neutralidad que pretende el artículo- según la cual los suramericanos somos pueblos hermanos, es innegable el parecido casi sanguíneo entre ambas naciones, desde el clima hasta el hablado, pasando por los paisajes y las finalistas de Miss Universo. De ahí que no veamos a los venezolanos con cara de perdidos como sí lo estaría un estadounidense en la plaza de Paloquemao o en muchas otras partes de América.  Por eso, no oiremos a los venezolanos sorprenderse con los “rascacielos” bogotanos o los rasgos indígenas que lucimos en el rostro.

 

Si se acepta lo anterior, no está de más esperar que, en términos generales, el entorno físico y sociocultural colombiano desentone poco con el que dejaron atrás. El carácter social, como llaman algunos sociólogos y psicólogos sociales, goza de muchas similitudes, lo que se traduciría, si se atiende a las respuestas de los entrevistados, en que la gente de allá y de acá es muy parecida. ¿Cuál fue, entonces, la ruptura que trajo consigo la migración? No hace falta haber experimentado una migración para notar las principales ausencias e implicaciones que vienen con este proceso demográfico que tanto se diferencia del turismo. El abandono de familia y amigos, de espacios significativos que encarnan memorias idiosincráticas y colectivas, de códigos sociales bastante regionalizados. Todos hacen parte de las pérdidas. Ahora bien, muchas de ellas no son exclusivas de un desplazamiento migratorio. Una crisis económica familiar, por ejemplo, puede conducir también a que los miembros se trasladen del barrio en el que por años se llevó una vida próspera, a otro que ofrece un menor nivel de vida; consecuencias que probablemente iría aunada a un cambio de trabajo y a la correspondiente modificación de los ingresos y horarios. En cuanto a las exigencias de asentarse en un nuevo país con el propósito de hallar en él medios de subsistencia, se pueden reconocer imperativos formales, que suscitan una relación con el aparato burocrático estatal, tales como las visas de trabajo, los papeles de residencia, etc., e imperativos tácitos, como aprender a manejar la moneda nacional, a reconocer las zonas de peligro o a descifrar los encriptados signos del Transmilenio y del SITP. 

 

Las ausencias y las exigencias mencionadas calan profundamente en un terreno que nos es cercano a todos y a la vez desconocido: la cotidianidad. Terreno que promete una puerta de entrada a la reflexión en torno a los cambios en la experiencia. Henos aquí con dos conceptos que no reclaman mayor definición en frases como “ni pensar que tendríamos una experiencia así de bella en un día tan cotidiano”. Pero habrá que dedicarles unas cuantas palabras en este escrito. La cotidianidad, digamos, es el día a día, aquel proceso que constituye regularidades que llenan a quien las vive de pequeñas certezas. Algunos teóricos llaman a eso seguridad ontológica, lo que podría traducirse, a riesgo de que más de uno de ellos se indigne, como la seguridad de que los hechos que ocurren todos los días seguirán ocurriendo. El despertarse en la cama de siempre en la casa de siempre, ir a trabajar como de costumbre, con la tranquilidad, y a veces el desconsuelo, de que mañana será igual. Saber que el J72 seguirá pasando, que la Carrera Séptima no dejará de serlo, etc. Y así damos con una cotidianidad que descansa en las rutinas y en un mundo en cierto grado inmutable. De esta manera, nosotros y todos los que gozan de esta seguridad ontológica, podemos proyectarnos. Si me aburro en mi trabajo en febrero, sabré que en unos meses, cuando haya finalizado mi contrato, despertaré en mi cama, tomaré un bus cuya ruta conozco y me encaminaré a buscar un nuevo empleo en aquel viejo edificio sobre la Séptima. Y seguramente lo encontraré allí; el edificio, no el trabajo.    

David Hume nos alertó que la experiencia del mundo que captamos por medio de los sentidos es la fuente de nuestro conocimiento. Pero además de ser receptores somos “culturizadores”: significamos las experiencias que tenemos, les otorgamos sentido. No somos pasivos al recibir los estímulos del mundo exterior. Ahora, relacionemos la experimentación y significación con los ingredientes de la vida cotidiana, ¡y tendremos un pabellón! Imagínese usted en un país nórdico, alejado de sus amigos, su familia y, por supuesto, de su patria. Sin anticiparlo, usted se choca con un vendedor que exhibe su nevera de icopor y en ella unas empanadas de carne y papa, envueltas en una servilleta trasparente al contacto con la grasienta masa. Sin que usted lo pida, será bombardeado por imágenes de su nación, de su pasado y el de los suyos. La empanada será el universal concreto que arroja nuestra consciencia al mundo de las grandes ideas, donde reposan la patria y el folclor.

 

La comida, si bien es una necesidad biológica, está provista de tanta significación cultural que nada tiene que envidiarle a una bandera. Muchos antioqueños podrán desconocer el castillo dorado que adorna la bandera de Medellín, pero no hay quien sea incapaz de nombrar los ingredientes de una bandeja paisa mientras siente su región palpitarle en el pecho. Es claro que unos platos encarnan más valor social que otros. Sin embargo, de la charla con los migrantes venezolanos salió reiteradamente una noción que, tanto aquí como allá, engloba la producción culinaria de todo un territorio: la sazón. Luego de reflexionar sobre ella, nos damos cuenta de su escasa relación con la genética de un pueblo y de su marginalidad frente a los saberes racionalizados que cuentan con instrucciones y normas. En ninguna clase de gastronomía nos proveerán de un manual con el paso a paso para dar con la sazón de un país. Convenimos, entonces, en tratarla como una noción metafísica.

 

Al estar llamados a alimentarnos constantemente, más aún después de una larga jornada de trabajo como mesero en un restaurante cuya sazón no es la propia, los seres humanos no podemos dejar de convivir con la comida. Y cuando no disponemos de ella la recreamos en nuestra cabeza. Un venezolano puede, si así lo desea, alejarse de las trasmisiones de la W bajo la excusa de que le irrita Vicky Dávila o escabullirse para evitar que lo atosiguen con cuestiones sobre la política en su país, pero sus esfuerzos serán vanos si lo que busca es evitar la sazón colombiana.  Se despertará cada mañana y, probablemente, se topará en algún momento del día con un puesto de arepas. Bien puede ser seducido o seguir su camino, pero en ambos casos será abatido por la nostalgia de no hallar el sabor añorado. Sin importar el parecido en cuanto a harina y preparación, las arepas venezolanas nunca sabrán igual. A falta de otra explicación, responsabilizaremos a la sazón.

 

Ocurrirá algo semejante con las otras recetas, acrecentándose el sentimiento de vacío conforme no se encuentren sustitutos parciales para paliar aquel guayabo. Pero así como vienen venezolanos, también viene su cocina. En respuesta a la creciente demanda de sus platos, colombianos y venezolanos se apresuraron a satisfacerla, montando restaurantes exclusivamente para dicho platos; que también antojan a más de un curioso que desea explorar otras gastronomías.  No obstante, fue de la boca de uno de los migrantes que nos enteramos de que la exclusividad no remite solo al tipo de comida. También al tipo de gente. Él, como la mayoría de sus compatriotas, no ha logrado estabilizarse en Colombia. Dispone de escasos ingresos que no pueden ir a parar en la caja de un restaurante por saciar un antojo patrio. De nuevo, la mano invisible se encarga de exaltar la inequidad de oportunidades.  

 

Inclusive en su vena más profunda, la cotidianidad de los venezolanos que subsisten en Colombia ha sido dislocada, y hasta en un país hermano no escapan a sentirse ajenos. Ni qué decir de los africanos que deben soportar la mirada inquisidora del nacionalista europeo. La condición del migrante vulnera una de las dimensiones esenciales para el desarrollo vital que nos confiere tranquilidad ante el mañana venidero, la cotidianidad. Pero, a pesar de todo, somos seres activos, agentes de nosotros mismos y nuestro porvenir, capaces de ejercer una significación incesante y construir vida cotidiana donde yacía perdida. Así, las nuevas tierras serán mucho más que desazón.

 

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