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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

¿Montaría Marx en Uber?

March 15, 2018

 

 

Sin duda, las aplicaciones para celulares y otros dispositivos móviles se han vuelto una parte esencial de nuestra vida cotidiana. Hasta hace tan solo unos años atrás, la mayoría de personas usaban estas aplicaciones sólo como juegos, para divertirse un rato. Sin embargo, en pocos años, esta situación se ha transformado radicalmente. Hoy en día, estas aplicaciones abarcan muchos más campos. Todavía existen los juegos (ahora más sofisticados, claro) pero es que, ahora, hay aplicaciones prácticamente para todo lo que a uno se le pueda ocurrir. Las personas, citadinas sobre todo, utilizan estos medios hoy para hacer compras, acceder a sus redes sociales, buscar direcciones, aprender idiomas, ver películas, buscar hoteles para sus vacaciones o, incluso, hacer transacciones bancarias. Las aplicaciones se han vuelto confiables y un medio muy utilizado por millones de personas a lo largo y ancho del mundo.

 

Dentro de estas aplicaciones, las de servicios son probablemente las que más han crecido. Llamamos así a las aplicaciones que se utilizan para obtener un servicio directo en la realidad. En esta gama de aplicaciones, algunas de las más conocidas en el medio colombiano son, por ejemplo, Airbnb, Rappi o Uber. En este escrito, nos centraremos principalmente en esta última, pues es una que ha causado mucho revuelo en las grandes ciudades colombianas, ya que se ha generado un debate importante acerca de si debe ser o no prohibida. Las personas acceden a este tipo de aplicaciones pues estas les ofrecen plataformas en las que pueden elegir diferentes opciones para cumplir un determinado servicio. Con Airbnb, se trata de escoger un lugar para pasar unas vacaciones o una estadía en una ciudad que no es la de residencia; con Rappi, pedir un domicilio a cualquier hora del día; y con Uber, transportarse de un lugar de la ciudad a otro.

 

Lo que ocurre con este tipo de aplicaciones de servicios es que están desafiando a sectores que, antes de su aparición, estaban absolutamente institucionalizados y que, además, no tenían competencia alguna. Si uno quería irse de vacaciones a algún lugar y no conocía nadie allí, la única opción que le quedaba era buscar un hotel. O, antes de Uber, si uno no quería tomar un bus para ir a algún lado, le tocaba coger un taxi. Esto hacía que estos sectores abusaran muchas veces de sus consumidores y que, o pusieran precios muy altos, o que ofrecieran servicios que, a veces, no eran satisfactorios. O las dos. Esto lo podían hacer porque no tenían de qué, o más bien de quién, preocuparse. No tenían competencia alguna, podían hacer lo que querían. Esto es palpable para muchos bogotanos, por ejemplo, con el caso de los taxis. El servicio era malo: taxistas que sólo iban a donde querían, taxímetros trucados, poca amabilidad por parte de los conductores y demás problemas. La realidad es que la mayoría de los taxistas ofrecían un mal servicio (aunque es cierto que no hay que generalizar, también hay muy buenos taxistas). Claro que esto no es sólo culpa de los taxistas, pues para nadie es un secreto que detrás del servicio de taxis hay mafias enormes y poderosas. El famoso “cupo” –una cantidad muy importante de millones de pesos que deben pagarse no se sabe muy bien a quién para poder entrar en el negocio de los taxis- es una muestra de eso. Por otro lado, no hay que olvidar que la gran mayoría de taxistas no son dueños de los carros que manejan y que, por lo tanto, deben pagar por cada día de trabajo una suma (nada despreciable) de lo que producen al verdadero dueño. En ese sentido, también hay que preguntarse, si uno es un taxista que no posee su taxi, ¿es lógico que uno vaya a meterse en trancones que duren horas y horas o que conduzca por zonas inseguras si se corre el riesgo de ser robado o de no producir lo suficiente como para que le quede una ganancia con la que pueda alimentar las bocas de sus hijos que lo esperan en casa? Creemos que no, y eso también hay que entenderlo. No se trata sólo de decir “Es que hay un montón de taxistas que son unos hijueputas.” Hay que ver el problema de fondo y no sólo lo superficial. Entender que los taxistas también son víctimas de la mafia para la cual trabajan. Eso pasa cuando hay sectores privados que monopolizan un servicio y no hay competencia. Pero nos estamos desviando un poco de nuestro tema.

 

Volvamos a Uber. Lo que es cierto es que, al aparecer esta plataforma, muchas personas empezaron a preferirla sobre los taxis. La plataforma empezó a coger cada vez más fuerza. Los taxistas se empezaron a dar cuenta de que estaban perdiendo muchos clientes y, en vez de hacer un poco de autocrítica (porque eso también es cierto, ha faltado mucha), salieron a gritar que Uber era ilegal y que debía prohibirse. Así llegamos a la situación actual: por un lado, están quienes dicen que Uber debería prohibirse, otros quienes sostienen que debería permitirse así como está y otro sector que clama por una legalización pero con regulación. Hay argumentos buenos por lado y lado. Si bien es cierto que Uber no paga impuestos como lo hacen los taxis, también es verdad que cada persona debería poder elegir qué medio de transporte prefiere utilizar y que, si Uber desapareciera del mapa, probablemente los abusos de los señores de los taxis retomarían la fuerza de antes. Con Airbnb está pasando algo similar. Las grandes cadenas hoteleras están empezando a reclamar por regulaciones para la nueva aplicación, que les está quitando muchos clientes. Parecería insuficiente decir que estas aplicaciones de servicios deben desaparecer sólo porque son ilegales. La realidad es que están en un vacío legal: no están bien reguladas legalmente porque simplemente nunca antes habían existido. ¿Cómo se iba a regular algo que no existía? Estas aplicaciones llegaron con la última oleada de la globalización y están planteando retos para la sociedad que nunca antes habían existido. Será nuestro trabajo ver cómo lo solucionamos.

 

Llegamos así, después de este preámbulo, un poco largo pero que considerábamos necesario, al punto que queremos abordar. Y es, ¿cómo funcionan en realidad estas empresas de las nuevas aplicaciones de servicios? Y nos hacemos esta pregunta porque su forma de accionar es, de hecho, muy diferente del de las grandes empresas tradicionales. Para empezar, tienen muy pocos trabajadores en relación con grandes multinacionales que se desarrollen en otros campos como la industria, la agricultura o, incluso, simplemente otro tipo de servicios. Uber, en Bogotá, cuenta con tan sólo una oficina en donde, además, no hay muchos empleados. Si una persona cualquiera quiere empezar a trabajar para Uber, simplemente debe coger su celular, descargar la aplicación y llenar virtualmente un pequeño formulario en donde se le solicitan datos personales muy básicos como el nombre, el número de la cédula, una escaneada del permiso de conducción, una cuenta de banco a dónde la empresa le pueda consignar y no mucho más. Y debe poseer un carro moderno. Esos son todos los requisitos. La persona sube esa información a la aplicación y a los dos o tres días esta le da al permiso para empezar a trabajar con Uber. Así de sencillo es. Y esto tiene varias implicaciones. Una muy importante es que la relación de los trabajadores con Uber es únicamente virtual, se da únicamente con la aplicación a través de su celular. Los conductores de la red Uber X no conocen nunca a personas de carne y hueso que sean empleados directos de la multinacional. Esto para Uber es grandioso, pues se ahorran muchísimo dinero en contratar empleados que hicieran esos trámites informáticos y a los que tendrían que pagarles salarios, seguros médicos, subsidios de transporte, etc. En efecto, la gran mayoría de empleados directos de Uber son técnicos informáticos que lo que hacen es mantener en buen estado la plataforma y evitar que esta se caiga o se sobrecargue. Pero este número de empleados nunca será tan grande como el que necesitaban, por ejemplo, grandes fábricas industriales de mediados del siglo pasado.

 

Por otro lado, la relación de trabajo que se establece entre Uber y sus trabajadores es bastante informal. No hay contratos definidos ni seguros médicos que los liguen. Es una relación flexible, que usualmente se termina cuando el conductor simplemente decide no trabajar más dentro de la red Uber X. Lo único que este tiene que hacer es no volver a oprimir el logo de la aplicación de Uber en su celular y listo, se acabó la relación laboral. Esto también ocurre con Airbnb. Si la persona ya no quiere prestar más su apartamento como hotel, simplemente se sale de la plataforma. Nada más. Con Rappi, la situación es ligeramente diferente. Sí hay un contrato laboral entre la empresa y los llamados “Rappitenderos”, pero de ninguna forma es comparable con un rígido contrato laboral tradicional. Esta flexibilidad laboral puede ser vista de dos formas: como algo positivo o como algo negativo. Por un lado, le permite a personas que, por una razón u otra, están desempleadas conseguir una fuente de ingresos extra que es rápida y puede suplir de manera eficiente necesidades básicas. Y no requiere de horarios rígidos. El trabajador decide cuándo quiere empezar su jornada laboral y cuándo la quiere terminar. Esto es muy bueno para las personas que no son buenas cumpliendo con un horario fijo o que sencillamente no tendrían el tiempo de cumplir con uno. Pero, por otro lado, también es cierto que este tipo de aplicaciones hacen que la empresa que contrata a sus trabajadores pierda una gran responsabilidad frente a estos últimos. Los trabajadores pueden quedar muy desprotegidos, pues no cuentan con seguridad médica ni poseen la certeza de tener un contrato que los vincule con la empresa y que les permita saber que, al menos por un tiempo definido, contarán con esa fuente de ingresos segura. Las relaciones laborales se vuelven así flexibles, informales, efímeras, podría decirse “líquidas” ¿por qué no? Sabíamos que las nuevas tecnologías habían revolucionado las relaciones interpersonales, pero ahora están llegando hasta el ámbito laboral de manera muy importante. Otras cosas, como las hojas de vida y las entrevistas de trabajo, están quedando también obsoletas. Estas parecen ser las relaciones –o formas- laborales del futuro.

 

Abordemos ahora otro de los puntos esenciales. Los gastos de Uber en términos materiales son también muy bajos. No sólo su inversión en capital variable (los trabajadores) es poca, sino que también lo es en capital constante (máquinas, infraestructura, etc). Si lo pensamos bien, Uber no posee prácticamente casi nada material. Tienen que mantener algunas pocas oficinas en diferentes países del mundo, pero eso parece ser todo. Lo esencial para una empresa como Uber, que brinda el servicio de transporte, son precisamente los medios de transporte, es decir, los carros. El medio de producción angular es, en este caso, el carro. Y los carros de la red Uber X no son de Uber. Ellos no los tienen que comprar, no les tienen que hacer mantenimiento. Nada. Uber no posee los medios de producción con los cuales produce su enorme riqueza. Esto hubiera sido impensable unas décadas atrás.

 

Pero es que la cosa va todavía más allá. No es sólo que no posean los medios de producción, ¡sino que estos medios de producción son de sus propios trabajadores! Es decir que esta multinacional se ha vuelto una de las empresas más importantes del mundo (está avaluada en 50.000 millones de dólares según un informe del diario The Wall Street Journal del 207) gracias a que utiliza los carros de sus mismos empleados. Los gastos para estos empresarios capitalistas son pocos. Estos encontraron una nueva manera de enriquecerse. El capital (en este caso expresado como ese dinero que se transforma en más dinero durante el proceso de producción) se maneja de forma diferente. Se llega a la ganancia por nuevos caminos. Se da así una forma moderna de creación de plusvalía. La sed de riqueza del capitalismo ha hecho que este llegue a unos niveles de ingenio inimaginables. Si lo decimos en términos “mamertos”, la burguesía se lucra con medios de producción que le pertenecen al proletariado. Marx se está retorciendo en su tumba.

 

Y, finalmente, estas nuevas formas de trabajo destruyen una de las partes más importantes de la teoría marxista. Esta última, en su lado más profético, aseguraba que el capitalismo, por su manera particular de funcionamiento, llegaría a su fin. Esto porque los capitalistas, en búsqueda de una productividad cada vez mayor harían fábricas cada vez más grandes con una mayor concentración de obreros. El capitalismo sería su propio verdugo pues les daría a los que oprime la fuerza de luchar en masa contra sus patrones burgueses. Estos miles de obreros, apoyados en su conciencia de clase, se mirarían a los ojos los unos a los otros, se reconocerían como explotados y llevarían así a cabo la revolución que permitiría sepultar el capitalismo y sentar las bases del socialismo que, luego, conducirían al comunismo. Esto, claramente, no ha ocurrido como lo profetizó Marx. Y hoy, con las nuevas tecnologías, es aún menos probable que ocurra. Los trabajadores de Uber no conocen a otros trabajadores de Uber pues, como ya lo mencionamos, su relación laboral se da únicamente con una aplicación virtual y no con otros seres humanos. Los trabajadores de Uber no van a una fábrica todos los días y no podrían entonces armar complejas conspiraciones durante sus almuerzos para realizar la revolución. Cada conductor de Uber trabaja por su lado, es un trabajador solitario que no tiene compañeros en quienes reconocerse. Uber no tiene ni siquiera sindicatos. Así, estas nuevas formas de trabajo acaban de una vez por todas con el sujeto colectivo revolucionario marxista. Un elemento que era, en definitiva, uno de los más atractivos dentro de todo lo que planteó Marx y que le permitió ganar tantos seguidores a lo largo del siglo XX. Es necesario repensar las categorías de explotación marxistas tradicionales.

 

Uber gana entonces millones y millones de dólares por ofrecerles a sus trabajadores la oportunidad de trabajar para su red de carros, pero con sus propios carros. En realidad, no es más que eso. Por cada viaje que se realiza, el conductor se queda con una parte y la empresa con otra (usualmente un 25% nada despreciable). Pero esta no tiene que pagarle ni salarios al trabajador ni hacerle mantenimiento al carro. Sus enormes ganancias se basan en la idea que tuvieron. Una idea millonaria: ofrecer una plataforma para que la gente gane plata llevando a otra gente en su carro de una parte de la ciudad a otra. Uber, dicho de manera simplificada, no hace más que ofrecer el lugar para que eso ocurra. Es como un operador logístico gigante. Este es el capitalismo que tenemos y tendremos.

 

Si uno le preguntara a una persona que trabaja en Uber X “¿Quién es su jefe?”, probablemente esta contestaría “Yo soy mi propio jefe.” Esta respuesta tiene un componente de verdad y otro de mentira. Es cierto que la persona no tiene que responderle directamente a nadie, que no tiene un supervisor que esté pendiente de cada paso que da, que puede elegir qué días a la semana trabajar y que no tiene que respetar un horario determinado. El conductor de la red Uber X maneja su propio tiempo. En ese sentido, sí tiene una libertad muy grande en comparación con otros trabajadores. Pero, por otro lado, sí está trabajando para alguien más. Puede que él no vea a ese alguien directamente en una de las oficinas de la empresa. Pero sí está produciendo plata para unos empresarios estadounidenses que probablemente estén en la playa tomando Cubalibres mientras él conduce diez horas diarias o más, se aguanta interminables trancones o tiene que lidiar con pasajeros ebrios.

 

El lector perspicaz habrá notado que el autor parece contradecirse. El sentido filosófico de las ideas expresadas en una parte prácticamente se opone a las de la otra. En efecto, la primera parte del escrito -que bien habría podido ser redactada por un neoliberal seguidor de Milton Friedman- muestra principalmente algunas bondades de la aparición de estas nuevas aplicaciones de servicios. Como atacar monopolios que llevaban mucho tiempo, mejorar el servicio para el usuario y fomentar la competencia. Pero la segunda parte, mucho más de corte marxista, se centra en el hecho de que, si la situación no se controla y regula de buena manera, puede prestarse para que surjan nuevas formas de explotación en las que los más perjudicados sean, como siempre, los trabajadores. Estos son los ciudadanos de a pie (aunque aquí vayan en carro). La sociedad como conjunto debe entonces plantearse estas preguntas para, así, tratar de encontrar una solución que ponga en armonía los dos lados del problema: aprovechar las cosas buenas que nos brindan las nuevas tecnologías sin caer en las malas. Así podremos enfrentar de la mejor manera estos retos modernos que nos aparecen en el camino y seguir en la búsqueda de una sociedad más igualitaria.

 

*La idea para llevar a cabo este escrito surge tras la realización de un trabajo universitario con las estudiantes Laura Varela y Laura Penagos.

 

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