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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

T2: reflexiones sobre la vergüenza de haber sido y la tristeza de ya no ser.

October 17, 2017

 

 

Durante los últimos años hemos visto cómo grandes hitos del cine han vuelto a las pantallas, sagas como Star Wars, Los Caza Fantasmas, Alien y el Planeta de los Simios; también Disney se ha visto en la necesidad de refrescar y traer al siglo XXI producciones clásicas como la Bella Durmiente, la Cenicienta o La Bella y la Bestia, por solo nombrar algunas. En la última década fuimos testigos de cómo esas grandes producciones se convirtieron en franquicias que mueven miles de millones de dólares, y actualmente se encuentran viviendo del impacto que generaron en varias generaciones que los conocieron tanto en su época, como en años posteriores por vía de la televisión y el internet.

 

Sin lugar a dudas es una fórmula que ha funcionado, pero es un fenómeno que no se agota en el reencauche de contenidos ochenteros o noventeros. La forma en que se vienen prolongando éxitos de la primera década de este siglo es, en muchos sentidos, degradante. Puesto que están explotando buenas ideas hasta su mínima expresión, La Era del Hielo y Piratas del Caribe, son dos muestras claras de ello. Otro caso que se puede integrar es Harry Potter, cuyo universo tendrá cinco películas más contando la que se estrenó en noviembre del 2016. Esa voluntad de la industria por extender la vida de estas producciones hasta la decrepitud ha impedido que tales sagas gozaran del añejamiento que se dio en caso de Alien o el Planeta de los Simios, en donde sus remakes sí han evidenciado una clara reformulación a partir de nuestro tiempo y han significado una ruptura entre lo que fueron y son en la actualidad.

 

Podríamos señalar y culpar a Hollywood por sobre explotar conceptualmente todas estas películas, tanto del primer como del segundo grupo, asegurando que la industria cinematográfica se encuentra en una crisis creativa a causa del momento glorioso en el que se halla la televisión, planteando que este medio ha captado todo el talento de las nuevas generaciones de guionistas y directores.

 

Se podría decir eso, cosa que no es del todo descabellada; puesto que sólo es cuestión de encender el televisor, tableta o computador, para darse cuenta que ahora, en Hollywood, lo cool es hacer contenidos dentro de la pequeña pantalla; a pesar de ello, no se puede negar que el cine sólo está supliendo una necesidad que nosotros los espectadores demandamos. Por lo cual nosotros también somos responsables de la Decadencia del Cine, como muchos la han llamado.

 

El desfile exitoso de esta clase de producciones por las carteleras y salas del mundo es muestra de una marcada tendencia de nuestras generaciones por consumir este tipo de cine. Si el público exigiera contenidos nuevos y frescos muy seguramente esto se traduciría en baja afluencia a los teatros y muy seguramente la industria demandaría mayor creatividad a la hora escoger sus producciones. En tal caso ¿por qué nuestro consumo está volcado a temáticas que fueron creadas en la segunda mitad del siglo XX, en su mayoría? Mi intención no es dar a una respuesta a semejante cuestión. Pero es una pregunta que nos debemos hacer como habitantes de nuestro tiempo.

 

Frente a esto, mi intención radica en señalar cómo, dentro de la misma industria, últimamente se estrenó un caso que comprende este sentimiento de apego por el que está pasando el público cinematográfico. Y logró explorarlo auténticamente dentro del mismo tipo de producción sobre el cual vengo arremetiendo, a través de una secuela filmada 20 años después que el título original. Esto se logra, en un primer nivel, en que se respetó la identidad de la película, en cuestiones de casting, guión y locaciones, también evidencia un compromiso hacia la historia literaria y cinematográfica por el cual se justificaba una segunda película con dos décadas de diferencia.

 

Si algo he de reconocer como fan de Trainspotting, de su director Danny Boyle e Irving Welsh, escritor del universo de Mark Renton y Sick Boy, es de la capacidad del filme de 1996 por retratar y tantear el estado de la identidad juvenil escocesa durante aquellos años. Claramente no todos eran heroinómanos, pero Mark Renton y sus amigos sólo son explicables a la luz de su contexto. Sin Margaret Tacher, quién cerró 150 minas de carbón en toda la Gran Bretaña, ocasionando una profunda crisis dentro de la economía escocesa y la paulatina caída de Estado de Bienestar Británico, no se puede comprender la vida de aquellos jóvenes de Edimburgo.

 

Este escenario produjo que entre finales de los 80 y principios de los 90, del siglo pasado, la juventud escocesa no viera mayor esperanza en su futuro puesto la crisis económica en la que se encontraba negó miles de oportunidades tanto a nivel laboral como como académico. Esto generó que toda una generación se convirtiera en una clase parasitaria, obligada a sobrevivir a partir de subsidios estatales. Una generación desesperanzada, que no encontraba sentido alguno en modelos de vida de sus padres, refugiada en las drogas duras y en el punk.

 

 

Francis, Diane, Sick Boy, Spud y Mark.

 

Además de ello, la película del 96, al mismo tiempo se convirtió en un referente de culto e identidad de generaciones posteriores en todo el mundo; por vía de la moda, la música, lo vanguardista del filme y la globalización de fines de milenio. No en vano, el libro sobre el cual está basada la película fue el más robado de la historia reciente. A pesar de ello, como se planteó, se puede decir que es una historia muy local, muy escocesa.

 

Frente a tal monumento de la cinematografía se encontraba el reto de Trainspotting 2, obligada a caminar entre el abismo al que enfrentan todas las secuelas de grandes producciones. Cumpliendo decorosamente lo que prometió, es un filme que guarda una identidad propia sin olvidar la historia sobre la cual proviene, hecho con cariño y respeto, que no intenta imitar el estilo de su antecesor sino que propone uno nuevo, y que es, al igual que la película del 96, un testimonio de su tiempo.

 

No cabe duda que T2, explora el envejecimiento, la caducidad de una forma de ser y estar en el mundo. La reformulación de verdades y de formas de afrontar la vida desde una sociedad globalizada cuyos límites se expanden cada día más. El mismo Renton lo plantea cuando deja su adicción a la heroína por una nueva, más vigente para nuestros días, just be adiccted to something else, así lo afirma.

 

También es testimonio de la Escocia actual, en donde es más fácil encontrar eslovenos que escoces, totalmente integrada al mercado mundial, en donde el turismo es la punta de lanza de su economía. Un Edimburgo en donde la gentrificación ha terminado por cercar los lugares propios de las comunidades obreras e industriales, y les da paso a las políticas de conservación y restauración integradas a economías postindustriales, sistema que también se presta que de él se cuelguen parásitos y oportunistas de la contratación. Un panorama que se puede extrapolar a otras ciudades de Europa y el mundo.

 

T2 es eso y mucho más, pero el elemento que funda el desarrollo y trama de toda la película es la nostalgia. La necesidad de volver al origen, para saldar cuestiones sin resolver. Esa es la base sobre la cual se articulan todos los personajes, el impulso de mirar atrás y del recuerdo como única vía para seguir existiendo. El pasado se presenta para suplir la desdicha del presente y la incertidumbre el futuro. La juventud de Renton, Sick Boy, Spud y Begbie, es lo que encamina el rumbo que los personajes van a tomar dentro del filme, allí el pasado es representado como una carga que se disfruta. Una juventud idealizada que hace del presente un lugar inhóspito y desdichado.

 

Este es el mayor acierto que ofrece la obra respecto a nuestra identidad y consumo cinematográfico actual. Puesto que podría explicar la naturaleza de nuestro gusto por este medio, reencauchado, anquilosado y que se niega a morir; pero que ofrece justo lo que necesitamos, una dosis religiosa de pasado, ya que nos re liga a épocas que adoramos por el simple hecho de haber existido. Este caso se presenta como un experimento de un fenómeno mucho mayor, la nostalgia como una expresión del sentimiento de agotamiento y caducidad existencial que sufren muchas personas, respecto a la forma en se vive en el mundo contemporáneo. Una cuestión que ya la literatura y la filosofía han explorado, sin embargo, es un problema que está lejos de resolverse.

 

 

Y T2 es muestra de ello: estrellarse contra una corredora al instante de sufrir un accidente cardiovascular. Extorsionar a hombres que alivian sus fantasías sexuales con prostitutas. Vomitar dentro la misma bolsa con la que se quiere cometer suicidio. Golpear al abogado que el Estado te designó para seguir tu proceso dentro de la cárcel. Nadie se proyecta de esa manera en el futuro. Sin embargo, el azar y la vida se encargan de construir panoramas que no imaginamos, si no, pregúntale a la persona que eras hace diez años por el pedazo de carne que eres ahora.

 

Si miramos hacia atrás despotricaremos de aquello que fuimos, a pesar de ello, envidiamos a esos seres que no llevan el peso que cargamos hoy. Pero al final, terminamos siendo lo que somos, a pesar de lo fuimos o queremos ser. Entre la añoranza y la esperanza se encuentra el presente del hombre. Estar en medio de esas dos pantallas nos hace olvidarnos de la soledad en la que nos encontramos, insatisfechos y esclavos de nuestros recuerdos, librando a través de ellos una batalla contra el tiempo.

 

No sé si esto evidencia la vigencia del principal manifiesto vital de Trainspotting, una oda al nihilismo contemporáneo: Elige la vida, choose life… Pero creo que para este caso es claro, hemos escogido una nueva adicción: recordar.

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