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La revista El Marginal está bajo la dirección de los estudiantes de Sociología de  la Universidad Externado de Colombia. La universidad no tiene ninguna responsabilidad por los contenidos aquí publicados. 

Este es un espacio en el que queremos mostrarles los resultados de nuestras salidas de campo. Acá encontrarán fotos, escritos y, por qué no, extractos de diarios de campo en los que les contaremos acerca de los lugares que hemos visitado.

 

Queremos que así puedan acercarse un poco más a esos espacios que muchas veces es difícil conocer pero que hacen parte de nuestro bello país.

Cesar, Guajira y Magdalena: región Caribe. 
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November 14, 2019

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Autores: Simón Uprimny; Andruss Ávila. (Miembros revista El Marginal)

El programa de geografía de la universidad realizó este primer semestre del 2019 una salida de campo a la región caribe. Esta duró 10 días y la idea principal es que los estudiantes que participaran en ella quedaran con una visión general de lo que es esta región del país. Se visitaron entonces muchos lugares y municipios del departamento del Cesar, de la Guajira y del Magdalena. Aprovechando el carácter interdisciplinar de nuestra facultad, tres estudiantes de sociología miembros de la revista El Marginal nos colamos a esta salida y participamos de ella. Queremos ahora compartirles un poco lo que vivimos. Allá vimos una cantidad enorme de cosas, hablamos con una multitud de personas y organizaciones y aprendimos muchísimo. Podríamos entonces contarles a ustedes, nuestros queridos lectores, muchísimas cosas sobre todas las diferentes facetas que tuvo la salida. Pero, por eso, para no abrumarlos, decidimos que lo mejor era centrarnos en un tema. Y escogimos las ciudades. Por eso les traemos este pequeño especial de sociología urbana (informal) en el que les hacemos una breve semblanza de cada una de las tres ciudades que tuvimos la oportunidad de conocer y que resultan, además, cada una la capital de su respectivo departamento: Valledupar (Cesar), Riohacha (La Guajira) y Santa Marta (Magdalena). 

Acompáñennos en este viaje. ¡Esperamos que lo disfruten!

 

 

Riohacha

Tal vez el querer bajarnos del bus cuando llegamos a Riohacha, por el irresistible calor que se ambientaba dentro de él, con todo tipo de olores de un grupo de 42 personas a medio bañar por el sudor, a medio dormir por el guayabo, a medio morir por el hambre, es de las primeras sensaciones que nos hicieron sentir ajenos, cachacos. Nuestros días en la inmensa ciudad de Bogotá van quedando atrás. En aquella ciudad, por ejemplo, el subirnos a un bus casi siempre significa un escondite del frío y de la lluvia tan característica de Tabogo. Por lo que ese sentimiento de ajenos viene de allí: de amar el frío más que a nuestras novias y de odiar el calor sólo un poco menos que a Uribe. 

Ya afuera el ambiente cambió. El bus que nos trajinaba por toda la región de la costa caribe paró al frente del malecón de la ciudad. Como es común: mar es mar, por lo que la belleza, el aire, el ambiente artístico de pinceladas naranjas, amarillas, azules, blancas por todo el cielo, hacían el momento perfecto. Se sentía una ciudad tranquila, sin turistas, sin vendedores con esa malicia que solemos llamar indígena. Sólo el grupo, algunos vecinos, la arena, el mar y un lindo cielo para contemplar. Era un paisaje dispuesto para el enamoramiento. 

Riohacha, fundada cuando los años llegaban a 1545, tiene una historia muy característica tanto por la colonia española como por sus enemigos. Por ejemplo, los ingleses y la unión con los piratas hicieron de Riohacha un caldero del diablo al quemarla en los tiempos coloniales. Es una historia de guerreros, de levantarse una y otra vez de tristezas y de sufrimientos. Tragedias que no sólo han quedado en el pasado con los actos bárbaros de los piratas ingleses, sino también por las transacciones aún más barbáricas que aparecen con la corrupción de los que se hacen llamar actualmente sus dirigentes.

La evidencia de lo anterior se da cuando el grupo empieza a adentrarse por sus calles, plazas y mercados. La ciudad tiene una estética mixta, que puede evocar tanto amores en los tiempos del cólera por su arquitectura con balcones de rey y su lindo paisaje caribeño, como la repulsión que nos provocan ciertas edificaciones que, con sus inmensos ventanales, esconden todo lo protervo que puede llegar a ser el humano: los bancos. Mientras caminamos, nos sentimos tranquilos, con una actitud importaculista y respaldada por la majestuosidad del mar; algo totalmente extraño a nuestra cotidianidad citadina, en donde siempre se camina como si tuviéramos afán o como si nos estuvieran esperando en algún lado -algo que, por lo demás, raramente es cierto. La inseguridad que nos ha generado la ciudad y su individualización nos obliga a caminar con cuatro mil ojos en la espalda y dos manos en los bolsillos. 

Para ir terminando este relato, queremos contarles que nos ocurrió algo interesante antes de partir de aquellas tierras. Tuvimos un contacto directo con diferentes pobladores de la ciudad que, en su cotidianidad, se encuentran en la plaza a adelantar cuaderno, a rajar de Uribe, de Petro, de Venezuela, o simplemente de la vida en general. Es de lo más normal y divertido. Siempre hemos querido acercarnos en la calle a cualquier persona que nos parezca interesante conocer, o empezar una interacción social en esos espacios en donde más existimos como gente, como puede serlo el transporte público. Constantemente hemos querido y nos ha parecido curioso cómo podría llegar a ser la reacción de muchos, pensando siempre que obtendremos una respuesta negativa. Por lo que presenciar esta escena, que parecía ensayada por mil horas y en donde cada uno cumplía un papel característico de la obra que se llama “la política colombiana”, fue algo grato y que disfrutamos mucho porque sabíamos que no íbamos a volver a tener un tiempo así por un buen rato. Fue un momento lleno de personas habladoras, amables, orgullosas de su historia y contadoras de ella. Pero también nos hace entender que hace falta educar mucho a un pueblo que está sesgado de su historia y de su realidad colombiana. 

Finalmente, nos gustaría -en serio demasiado- contarles con gran detalle sobre este acto presenciado. Sobre este espacio de comunicación y relación social tan libremente encontrado. Pero lamentable nos es imposible hacerlo aquí a cabalidad. Pudimos entender el contexto de la charla y hacia donde apuntaban en general sus afirmaciones y conclusiones sobre Uribe y Petro, pero realmente pedimos disculpas porque nos sentimos en unas clases de francés, o incluso de chino. Estuvimos en medio de una reunión de dialectos costeños y jergas características de grupos del territorio, que nos hacen imposible detallar toda la conversación. Simplemente nos queda por decir: Ay, ¡qué duro en serio es ser cachaco en la costa!

 

Valledupar. 

El departamento del Cesar sería, dentro del marco de salida, nuestro primer destino verdadero, nuestro punto de llegada. El primer municipio que nos acogería sería el que lleva el nombre de uno de los geógrafos más influyentes en la historia de Colombia: Agustín Codazzi. Allí empezamos un día saca callos, por lo que un buen desayuno en la plaza de caldo de chivo, no fue mala idea para darles a nuestros cuerpos la fuerza necesaria para ir a uno de los pocos lugares en donde nunca hay silencio: el colegio. Fuimos a la institución que “casualmente” también lleva el mismo nombre del geógrafo tan reconocido. Lo disparejo del asunto es que este megacolegio -porque en realidad era inmenso- no se enseñaba ni siquiera la materia geografía... Aunque, pensándolo bien, esto no debería sorprendernos demasiado, si consideramos que estamos en el país del sagrado corazón de Jesús y en el que todo es posible.

La despedida de este municipio nos pareció algo totalmente nuevo. En la noche, cuando ya íbamos a seguir con nuestro rumbo –si es que teníamos alguno- fuimos a comer en un lugar demasiado particular. Era una plaza que tiene unas pequeñas canchas de futbol y básquetbol, las cuales pueden parecer de lo más normal si se comparan con lo que tienen en seguida que son, más o menos, unos 20 locales en los cuales solo venden de comida salchipapas. Es una locura en serio, la comida frita es el amor líquido en esa región, por lo que las salchipapas, esa combinación de embutidos, papa frita, lechuga, queso y muchas salsas, puede ser dolorosa a la hora de la salida, pero constituía una experiencia pasional para todos con cada delicioso mordisco que les pegábamos, que equivalía a una orgía de grasa, colesterol y mucho sabor en la boca.

Al día siguiente, nuestro destino era otro. En este caso, Valledupar era el siguiente municipio, la capital del departamento y la primera ciudad "grande" a la cual fuimos. Estábamos en las vísperas de Festival Vallenato y eso en el ambiente se notaba. Los preparatorios en la plaza principal, la actividad comercial turística empezaba su gran demanda y la alegría que puede producir el vallenato eran una de las tantas formas de saberlo: el carnaval ya viene, y la felicidad llega con él. Lamentablemente, sólo nos quedamos un día en ella y llorábamos de tristeza e indignación con los preparativos de la excursión, pues tampoco pudimos ver a la figura de bronce inmortal y legendaria de Diomedes Díaz, la cual tiene su propia silla e invita al turista a sentarse en ella por un momento, para la foto, para un buen recuerdo.

Un factor interesante de esta ciudad es que es un contraste muy fuerte, si se compara con sus periferias y municipios vecinos de la región. En realidad, esta ciudad, tal vez gracias al mismo festival, ha concentrado una población de bastante dinero. Una población que provocó que Valledupar se viera tan linda, tan limpia, con casas de película y camionetas Prado por doquier, pero a un precio tal vez demasiado alto. Un precio que puede estar manchado por los mezquinos intereses de la élite, que se ha apropiado del festival y lo ha transformado en un evento VIP; como también de sangre por la dinámica de “seguridad” que beneficia el cuidado del turista, del habitante privilegiado… pero todo a un costo cruel, hostil.

Para terminar, lo haré como la ciudad lo hizo con nosotros. Al frente del parque de la leyenda vallenata, cerca de donde está ubicada la ya mencionada estatua de Diomedes, se encuentra un pequeño malecón que da hacia el río Guatapurí, que nace en la laguna Curigua en la Sierra Nevada de Santa Marta y desemboca en el río Cesar, muy cerca de la ciudad. Este lugar era simplemente hermoso y el momento que pasamos ahí lo hizo aún más. Nos sentamos a hablar de lo que habíamos visto mientras se sentía el refresco que podría dar el río y el sol nos dio la gran oportunidad de verlo en uno de sus más bellos momentos: el atardecer. Un paisaje que además venía acompañado de la majestuosidad de las montañas que nos regala este hermoso país. Específicamente, eran las de la Sierra Nevada de Santa Marta y las de la Serranía del Perijá, que rodean Valledupar y alegran el alma.

 

 

 

Santa Marta 

La visita que realizamos en el marco de esta salida de campo a Santa Marta resultó de lo más interesante. Esta fue, cronológicamente, la última ciudad que visitamos. Santa Marta es hoy reconocida como la ciudad más vieja de Colombia. En efecto, fue fundada en 1525 por Rodrigo de Bastidas, es decir 494 años atrás. Hicimos un recorrido a pie a través de gran parte de la ciudad y que duró alrededor de dos horas. Pasamos por el mercado (que, lamentablemente, estaba cerrado porque era domingo), por algunos barrios marginales, por el centro de la ciudad, por la zona hotelera y así llegamos a la Marina y a la playa. 

En los últimos lustros, Santa Marta se ha vuelto un destino turístico muy importante y le ha empezado a hacer competencia y a robarle turistas a Cartagena. Muchas cadenas hoteleras importantes se han instalado en la costa y mucha plata ha llegado a la ciudad. Santa Marta es, sin dudas, de las tres ciudades que visitamos, aquella en donde se mueve más dinero. Es la ciudad en donde pasan sus vacaciones algunos de los millonarios más poderosos (¿y mezquinos?) del país. También se ha vuelto un destino importante del turismo internacional: cada año llegan más y más extranjeros –casi todos rubios europeos o gringos- a esta ciudad. Todo esto puede verse reflejado en algunos sectores del centro de la ciudad, que han sido renovados de manera importante y en donde ahora se encuentran muchos hostales, hoteles-boutiques, centros culturales, bares y exclusivos restaurantes. En algunas partes, incluso, se puede hablar de fenómenos de gentrificación.

Lo anterior permite entender por qué la desigualdad es algo fácil de observar en Santa Marta. Sin embargo, esto, a primera vista, puede no parecer algo muy sorprendente ya que no es nada novedoso mencionar que en todas las ciudades colombianas se encuentra desigualdad. Eso simplemente es cierto. Colombia es un país muy desigual. Pero lo que ocurre con Santa Marte es diferente, porque no es esta una desigualdad como la que se encuentra en otras ciudades colombianas. No sólo es una desigualdad más marcada, sino que lo principal es que está totalmente difuminada y diseminada a lo largo y ancho de la ciudad. 

En Bogotá, por ejemplo, uno encuentra zonas muy adineradas (quizás algunas de las zonas más adineradas de todo el país) y otras zonas muy pobres (en donde viven persones en condiciones de pobreza extrema). Pero estas zonas están normalmente separadas entre sí por algunos kilómetros o al menos por cientos de metros. Es usual hablar en la capital del país de un norte adinerado y de un sur más pobre. La desigualdad está sectorizada. Pero en Santa Marta, la desigualdad es más notoria, más extrema. Nos referimos a que la línea entre la riqueza y la pobreza puede significar, a veces, solamente una calle, o incluso, una casa. En Santa Marta, la desigualdad está esparcida por todos lados y riqueza y pobreza se mezclan por doquier. Uno puede caminar por una cuadra de viviendas que se caen a pedazos y en la siguiente pasar al frente de un Hotel Hilton. O puede pasar por la Marina de la ciudad, construida recientemente y en donde los millonarios parquean sus lujosos yates, y a los 50 metros encontrarse con una cuadra por la que es mejor no seguir pues existe un riesgo muy alto de ser atracado. Hay cuadras en las que incluso, en la misma calle, se pueden ver elegantes restaurantes o imponentes casas coloniales renovadas y, a su lado, durmiendo en el piso, un grupo de habitantes de calle. 

Esta desigualdad extrema e indignante fue lo que más nos impactó de nuestra estancia en Santa Marta. Todo estos son, al fin y al cabo, síntomas de un país en el que a los ricos cada vez les va mejor y a los pobres, como parece ser la regla habitual, cada vez peor.

 

Y bueno, así finaliza nuestro recorrido por estas tres ciudades que tuvimos la oportunidad de conocer durante esta enriquecedora salida de campo. Sabemos que estuvimos en ellas sólo un momento y que, así, es imposible conocer a fondo una ciudad. Pero, de todas maneras, hay personas que pasan toda su vida en la misma ciudad y que no la llegan a conocer en su totalidad y que son como esos matrimonios de las películas en los que un día, la incrédula esposa se entera después de 10 años de matrimonio que su compañero de vida era un espía secreto de la CIA. Las ciudades, como las personas, guardan sus secretos y sus misterios. Al fin y al cabo, la verdad es que es imposible conocer una ciudad completamente, porque las ciudades son dinámicas y están en constante cambio. Además, no existe una verdad absoluta sobre ninguna ciudad del mundo. Cada persona que reside en una ciudad o cada turista que la visita se relaciona con ella de una manera propia y particular y tiene sus visiones personales sobre ella. Estas nunca serán exactamente las mismas que las de los otros. Acá, nosotros, sin más pretensiones que esa, les dejamos las nuestras sobre Cesar, Riohacha y Santa Marta. Pero, por supuesto, los invitamos a ustedes a que, si no las conocen todavía, apenas puedan se monten en un avión o en un bus y salgan a visitar estas tres ciudades del caribe colombiano y se hagan su propia idea de ellas de acuerdo a lo que vean y a lo que sientan. Y claro, esperamos que luego nos cuenten cómo la pasaron ;)

Vereda El Palmar, Santander de Quilichao.

Fotografía y texto: Pablo Amarillo. (2014).

 

Nuestras vidas transcurren y se construyen en conexión a ciertas identidades, privilegios, y formas de opresión que no pueden analizarse de manera aislada o acumulativa, sino de forma inter-seccional.  Es decir, en un mundo que se construye sobre el dominio del otro no solo debemos estar atentas a las maneras en que somos oprimidas, sino también y de manera más vigilante, a los espacios, actitudes y comportamientos que nos ponen en la posición del opresor.


El mundo no trata igual a los hombres y a las mujeres;  a las personas negras y a las blancas; a los pobres y a los clase media; a los universitarios y a los desescolarizados; a los inmigrantes  y a los nacionales… si luchamos contra nuestras desventajas hagamos evidentes nuestros privilegios…